jueves, 2 de noviembre de 2017

Opinión. La poesía del 155.




La poesía del 155


HÉCTOR MUÑOZ. MÁLAGA

Cientocincuentaicinco rima con hinco. De hincar. Artículo rima con ridículo y con testículo. Articulo, con culo, mítica región corporal, objeto de pasiones y desencuentros. El chascarrillo resultante es de sobra conocido y no parece necesario ser más explícito en la cuestión. No había que recurrir a la futurología para sospechar que el Gobierno español acabaría aplicando el 155. Sí, el que rima con hinco.
Ni nuestro Estado de derecho ni las normas de convivencia que nos hemos dado podían permitir tal ataque a la legalidad vigente, consagrada en la Constitución española de 1978. Ni a la sagrada —e indiscutible— unidad de España, encarnada en la regia y noble figura de Felipe VI de Borbón. Y Grecia. Frente a la descabellada aventura secesionista que amenazaba la convivencia de la mayoría y el progreso de una gran nación, el imperio de la ley ha conseguido recuperar la normalidad democrática y el regreso a la senda de la sensatez. ¿Les suena la perorata?
Ha sido muy doloroso, mucho, destituir un gobierno autonómico y disolver un parlamento entero. Un dolor que se torna lancinante al tener que tomar el control de dichas instituciones y convocar elecciones limpias, transparentes y democráticas para el 21 de diciembre. Solo hay que ver las caras de García Albiol y de Albert Rivera. No caben en su propia congoja.
Por si fuera poco, la tristeza democrática se lamenta sin consuelo de la independencia judicial y la separación de poderes que distinguen al sistema político español: cárcel para la chusma independentista, acusada de rebelión. Eso les pasa por golpistas. Como Tejero, Alfonso Armada o Milans del Bosch. Otra medida dolorosa. Que rima con muchas cosas.



Para golpe, el cientocincuentaicinco. Que rima con hinco. Después de leerlo —recomendable ejercicio, sobre todo para los que hablan de él sin tener ni zorra idea— no queda espacio para la duda: la interpretación y ejecución que del polémico artículo hacen el Gobierno de Rajoy y las fuerzas vivas del Estado de Derecho y de la convivencia que todos nos hemos dado, bla, bla, bla, es el verdadero coup d’Etat en toda esta historia.
Por más vueltas que se le dé es imposible llegar a otra conclusión que no sea la que es: una patente de corso para aplastar cualquier disidencia sobre la sagrada e indiscutible unidad de España, encarnada en la regia y noble figura de Felipe VI de Borbón. Y Grecia. Bla, bla, bla…
Es, simplemente, el cientocincuentaicinco. Que rima con hinco.




martes, 24 de octubre de 2017

Carta de respuesta a un amigo




CARTA DE RESPUESTA A UN AMIGO

No hay color

HÉCTOR MUÑOZ. MÁLAGA


«Supongo Héctor que esto debe ser un trabajo de la universidad sobre la desinformación, la más burda demagogia y su efecto sobre la decadente oclocracia independentista. Si es así es para ponerte un 10. A la altura de la más patética demagogia, ahora tan de moda por los defensores del procés». Roberto Quintana.





Bueno, lo primero, Roberto, saludos cordiales y gracias por tu comentario. Ya sabes que es bienvenido y no siempre hemos de estar de acuerdo en todo. Lo contrario sería tremendamente sospechoso.
No, no es un trabajo para la Facultad de Periodismo, entre otras razones porque no da un mínimo de calidad; es una gamberrada personal ante el hastío que me produce la absoluta ceguera de tantas personas a las que considero inteligentes. La foto del sindicato de policías da miedo; claro, con metralletas y embozados, ya me dirás si se puede ser tan valiente. Por otro lado, un golpe de Estado es lo que es, y estoy seguro de que tú lo sabes. Y para terminar, una crítica a ese patrioterismo sobrevenido, tan falso como folklórico, a juzgar por la última foto de la videogamberrada.


Fotografía publicada en Twitter por el sindicato Unión Federal de Policía           Fuente: Twitter


No obstante, lo que me resulta más interesante de tu comentario es la introducción de dos conceptos muy importantes en todo este asunto: desinformación y oclocracia.

La exageración, minimización o desfiguración de la información permiten al propagandista destacar aquello que le interesa. Además, como afirmaba Goebbels, «toda falsedad es más creíble cuanto mayor sea». Esta regla se corresponde, al menos parcialmente, con lo que llamamos desinformación.

Por otro lado, es una técnica muy común en la Historia del Periodismo y da lugar a lo que se conoce como sensacionalismo o amarillismo. La desinformación no es más que una de las técnicas posibles de la propaganda. Es muy frecuente utilizar el término desinformación como sinónimo de falta de información. Pero, en rigor conceptual, no es más que un aspecto posible de la propaganda.

Nuestra Real Academia define desinformar como "dar información intencionadamente manipulada al servicio de ciertos fines" o, en su segunda acepción, "dar información insuficiente u omitirla".

En realidad, el término desinformación procede, al parecer, de los orígenes del régimen soviético. Según la Enciclopedia Soviética, en su edición de 1952, “la desinformación es la propagación de informaciones falsas con el fin de crear confusión en la opinión pública. La prensa y la radio capitalistas la utilizan ampliamente. La desinformación tiene como objetivo engañar a los pueblos, cercarlos con la mentira, a fin de que imaginen una nueva guerra preparada por el bloque imperialista contra la política pacifista de la URSS, de los países con democracias populares y de otros países pacíficos, presentada como agresiva. Un papel especial en la propagación de tales informaciones provocadoras y falsificadas corresponde a la prensa, la radio y otros órganos de información del capital americano, que suministran informaciones engañosas a la prensa y a los órganos de propaganda. Los medios gubernamentales de los Estados Unidos, Francia y otros países imperialistas, utilizan frecuentemente la desinformación en el ámbito de las relaciones internacionales". Solo les faltó añadir “nosotros también lo hacemos”, para ser perfecta.

No me cabe la menor duda de que el aparato independentista catalán ha usado ésta y otras técnicas de propaganda para conseguir sus objetivos. Tampoco dudo que lo hayan hecho el Gobierno español y el llamado bloque “constitucionalista”. Los sucesivos gobiernos socialistas en Andalucía sientan cátedra en esta materia, con Susana Díaz a la cabeza.

Pero no es solo esto: con esta guerra psicológica, ambos nacionalismos —o más exactamente la derecha española y la derecha catalana— tratan de distraer a la opinión pública de lo que de verdad más les preocupa: de la corrupción y del saqueo con los que han castigado a millones de personas honradas durante muchos años. Allí y aquí. Además, los peces más gordos quieren quedar impunes. Y se irán de rositas mientras los respectivos súbditos se parten la cara entre ellos.

Respecto a la oclocracia a la que te refieres, también tengo que felicitarte por tu acierto al elegir el término: definida como “la democracia de las muchedumbres”, y concebida como una deriva degenerativa de la democracia convencional, es muy cierto que en el conflicto hispanocatalán que nos ocupa se juega sin pudor con las masas que salen a la calle, usándolas como ruedas de molino con las que hacer comulgar al contrincante.

Mas no solo lo han hecho los independentistas: seguro que no es necesario que te recuerde la amplia cobertura de la “manifestación por la unidad de España”, celebrada en Barcelona el pasado 8 de octubre, y que ya es considerada oclocráticamente hablando como la absoluta evidencia de una mayoría unionista en Cataluña; aunque hubiera gente de Coín, concretamente unos buenos amigos, simpatizantes del PP y no por ello menos queridos por mí.

De haber vivido hoy, Ortega y Gasset hubiera titulado La comunión de las masas. Inmensos rebaños de criaturas, mansas y acríticas, entregadas y secuestradas por el discurso político. Allí y aquí.

Soy consciente de que mi posicionamiento en estas cuestiones no es el mejor camino para hacer grandes amigos. Lo más jocoso del asunto es que nadie me ha preguntado cuál es; el simple hecho de hacer un esfuerzo de ecuanimidad, y manifestarlo, ya me ha colocado en la frontera con una barretina por gorro y una estelada por bandera.

Callar en la espiral del silencio o dejarme marcar a fuego como una res son posturas mucho menos complicadas.

No hay color, amigo Roberto.



sábado, 21 de octubre de 2017

Opinión: Respuesta crítica a artículo del Diario Sur (21.10.2017)




Cartas marcadas


HÉCTOR MUÑOZ. MÁLAGA


Respuesta crítica al artículo de opinión “Mártires del 155”, publicado en el Diario Sur de Málaga el 21 de octubre de 2017, firmado por José Antonio Trujillo.

Tan solo le falta lamentar la ausencia de tanques en Las Ramblas y en la plaza de Sant Jaume. En realidad, el articulista muestra tal decepción, si bien la viste con los naipes marcados de su propia baraja. Torpes piruetas retóricas, sorprendidas in fraganti por «todas las armas del Estado de Derecho». Es ahí cuando el lobo enseña la patita en nombre de «nuestro modelo de convivencia».




¿Cuál es ese modelo que, según el autor, hay que defender a toda costa? ¿Qué convivencia es aquella que desprecia la posibilidad de que Cataluña —y es de suponer que el resto de España también— acabe llorando a esas «víctimas inocentes» a las que el articulista concede —con inusitada frialdad— tan escaso crédito?

Periodistas y profesores de reconocida solvencia como León Gross o Agustín Rivera suelen incidir mucho en el Background del artículo de opinión, como el cuerpo de conocimiento que opera de fondo argumentativo. Sin este elemento la pieza periodística queda vacía de contenido o se convierte en un texto meramente propagandístico y dogmático, al servicio de determinados grupos e intereses.

Y este es el caso de la columna del señor Trujillo. Con cuatro o cinco muletillas más que gastadas por el discurso oficial y una construcción acaso ocurrente, consigue desandar 200 años de periodismo para situarse en aquella prensa doctrinaria, partidista y combativa de la primera mitad del siglo XIX, mucho más empeñada en la persuasión emocional que en la reflexión racional, y bastante más comprometida con la irresponsable arenga de las masas que con la firme vocación de mantener una cierta ecuanimidad analítica.

La mejor forma de no ensanchar esa fractura social a la que alude el artículo en cuestión es dejar de meter el dedito en la herida, sobre todo si es solo para quedar bien con un círculo de admiradores o para dar fe de este patrioterismo sobrevenido que solo alimenta el instinto de machacar a los catalanes. La patria, las patrias, son otra cosa.

Quien tiene la suerte, o el privilegio, de disponer de una ventana a la opinión pública, ha de saber que en las facultades siguen enseñando que el Periodismo tiene una gran responsabilidad social. Nada hay que objetar a la línea editorial de un medio cualquiera mientras cumpla con ese precepto. Pero una redacción seria debe supervisar las opiniones de sus colaboradores; si no, más pronto que tarde, muchas cabeceras no podrán diferenciarse de las redes sociales y morirán de pura inercia. Si algunas no lo han hecho ya.


Y en esta partida no valen ni las cartas marcadas.


jueves, 19 de octubre de 2017

Opinión: Sobre la sedición



Sedició

HÉCTOR MUÑOZ. MÁLAGA

Carmen Lamela ha enviado a prisión a dos líderes civiles del movimiento independentista catalán. La jueza de la Audiencia Nacional los encarcela de forma incondicional y sin fianza. Era, justamente, lo que solicitaba Miguel Ángel Carballo, su teniente fiscal y «miembro de la conservadora Asociación de Fiscales», según vozpópuli, un medio digital poco sospechoso de cojear con la pierna izquierda.





A Sànchez y Cuixart, líderes de ANC y Òmnium respectivamente, les pueden caer hasta 15 años. Por sediciosos. Y que vayan dando gracias a Deu de que ─por ahora─ no les apliquen el máximo grado de sedición, que es la rebeldía; el mismo ─todo hay que decirlo─ que el de los golpistas del 23-F, que, como todo el mundo sabe, han pagado con creces el casi insignificante desliz de poner una pistola en las sienes de millones de españoles. Rebeldes, sí, pero patriotas a reventar. Y alguno de ellos gran amante de las camelias. Conmovedor.
Los sediciosos son aquellos que se alzan pública y tumultuariamente para impedir, por la fuerza o fuera de las vías legales, la aplicación de las leyes, o para impedir a cualquier autoridad, corporación oficial o funcionario público, el legítimo ejercicio de sus funciones o el cumplimiento de sus acuerdos, o de las resoluciones administrativas o judiciales. Analicemos, pues.
Bárcenas, por poner un ejemplo, no es un sedicioso. Por eso está en la calle. ¿Por qué? Porque lo suyo ni es público ni «tumultuario» ni por la fuerza; ¿es fuera de las vías legales? Sí. No vamos a engañarnos. Lo de Bárcenas es ilegal. Ahora bien: ¿ha impedido el hombre el legítimo ejercicio de sus funciones a alguien? ¡No! Todo lo contrario: ha facilitado mucho, mucho, mucho. Y además, por favor, don Luis es un gran patriota. Su mujer también.
Todos estos matices son relevantes.
Antonio Muñoz, que en buena gloria descanse aunque él no creyera en ella, contaba que en su servicio militar (aquellas milis de postguerra, interminables), destinado en el norte de Cataluña, el capitán ordenaba a la tropa «partirle la boca a todo aquel que oyeran hablar en catalán». Nadie le preguntó a Antonio, un malagueño de pura cepa, si cumplió esa orden, o no, pero hay indicios en contra de que lo hiciera. Sin ánimo de montar chisme alguno, es más que plausible que encontrara una buena amiga en aquellas tierras segadas. Y a riesgo de ser fusilado porque en aquella época la sedición era cualquier cosa, igual que ahora─, cantó aquello de:

“Baixant de la font del gat,
una noia, una noia,
baixant de la font del gat,
una noia i un soldat”.

Sedición. Sedició.
¡Pobre España aquella que solo sabe partir la boca de los que no hablan su mismo idioma!



viernes, 13 de octubre de 2017

ODA A TABLETOM (escrito en 2010, reeditado)




¡Eh! ¿Quién anda ahí?

HÉCTOR MUÑOZ. MÁLAGA

No quiero caer en tópicos. Sólo deseo hacer una oda a Tabletom. A la banda, a sus bandas. A sus tres inmortales, voz, vientos y cuerda. Al violín en Zero Zero. Al bajo sin trastes. Al batería loco. Al saxo de Denis. A ese Lito desmesurado.
Lo tengo jodido. Evitar topicazos que no se hayan leído ya es muy complicado. Y más aún teniendo en cuenta que escribo sobre casi treinta años de mi vida. Prácticamente imposible, pero voy a intentarlo.
Me refiero al grupo de Rock and Roll que lo más típico que tiene es su pescaíto frito, la Casa El Guardia y el Guadalmedina, ese rio, casi siempre seco, en el que libré mil batallas cuando todavía nos dejaban jugar a la pelota. “Se interna, centra y…gol”
Sala Vivero, hace no mucho. Mis manos apoyadas en la madera del escenario. Siento, en mis huesos y en todo mi cuerpo, la vibración de los vatios. Admiro, una vez más, la puesta en escena de Perico, erguido en trance sobre los que tenemos la suerte de estar allí. Regala notas, trastes, música, rock, arte e infinita paciencia con el vocalista, un tal Roberto, alma que se entrega y se distrae. Los duendes y los genios tienen estas cosas…
Y ese Pepillo, más serio, como siempre, pero también paciente. ¡Qué manera de derrochar sinfonía y gusto exquisito!
¡Ay, me va a matar el Rock and Roll!




Me mata esta banda, me matan el bajista, el batería, las teclas y los otros vientos. Me matan todos, de buena música, de graves, agudos y letras; de gusto, de historia, de sentimientos, cariño, nostalgia y respeto.
Uno no puede evitar rememorar aquel pedregal infame en el que nos metían para poder verlos en la antigua feria de Málaga, con los grises dando vueltas alrededor. Por si las moscas. Los rockeros siempre fuimos bultos sospechosos. Ni aquel garito de la Misericordia, atascado de humo, de buen humo. Ni aquel concierto en Las Palmeras, en el que tocaban como teloneros de un grupo estrella, al que terminamos pitando para que se fueran. Nada personal: solo queríamos más Tabletom. Y más, y más… 
Auténticos y únicos. Hoy más que nunca quiero quereros, quiero admiraros. Hoy más que nunca deseo deciros que no os pido nada más porque ya me lo habéis dado todo. Tengo al lelo Pío-Pío, al pájaro Cucú, a Paco, al vampiro y al Coyote. Tengo 7000 kilos de Rock, 7000 kilos de Tabletom, hasta la parte chunga, al espía de la KGB, las vacas del pueblo, mimosas y acacias. Llevo en mi corazón a Gloria y a la niña que voló.
Gracias, amigos, por dejarme seguir en las nubes. Hasta siempre.



miércoles, 11 de octubre de 2017

Opinión: El día de la gran orgía nacional




El día de la gran orgía nacional


HÉCTOR MUÑOZ. MÁLAGA
11 DE OCTUBRE DE 2017



Este país necesitaba un bálsamo patrio. Puigdemont y compañía se han esforzado bastante para proporcionarlo. El aparato propagandístico del Estado ha obrado el resto, sin despeinarse.


Mañana es la Fiesta Nacional de España. Hasta 1987 fue, oficialmente, el Día de la Hispanidad en conmemoración del descubrimiento de Las Indias por un genovés desorientado. De lo que pasó con los ꞌindiosꞌ durante más de 300 años ya han dado buena cuenta cronistas e historiadores, de ayer y de hoy. A Franco le gustaba más llamarlo “Día de la Raza”. Tres días después de celebrarlo en 1940, el 15 de octubre de ese año, fusiló a Lluís Companys, president de la Generalitat en el exilio.
Con estos mimbres, España saca pecho todos los años y se viene arriba. Eso lo hace España, entendida como mera abstracción, porque los españoles suelen irse de puente. Las personalidades políticas se quedan en Madrid junto a la familia real para disfrutar de la parada militar: una exhibición de fuerza y poderío. ¡Ahí, marcando paquete! Después les podrán partir la cara a lo Cuba y Filipinas, pero siempre podrán cantar aquello de Les Luthiers: «Perdimos, perdimos, perdimos… otra vez».
Mañana no. Mañana será muy diferente. Y esta vez el patriotismo no tendrá nada que ver con aquellos 12 goles a la potente selección de Malta ni con la conquista de un título mundial de fútbol.
Anuncian un desfile más largo y novedades, como la presencia de la Policía Nacional, 30 años olvidada para tales menesteres. Y aunque nada tengan que ver estos cambios ─según dicen los organizadores─ con lo acontecido en Catalunya, el tufo a propaganda ꞌantiprocésꞌ resulta más que notorio.
Envuelto en telas rojas y gualdas, el pueblo, mañana, experimentará el infinito placer de su reafirmación identitaria en una bacanal patriótica sin parangón en la más reciente historia de España.
Una gran fiesta. Una orgía imponente. “Gentes de cien mil raleas, nobles, villanos, prohombres y gusanos”, como canta un catalán, compartirán “pan, mujer y galán”. Pero llegará la noche y después el día. Otro día. Y descubrirán el absurdo de lo que es tan efímero. Tan artificial.
Porque, por encima de todo, la realidad anunciará su regreso, sin bandos ni trompetas: simplemente con su presencia. No entiende de símbolos ni banderas. Que cada cual arree con la suya, a ver de qué le sirven los colores.

Y en plena resaca, aturdidos aún por el desenfreno, habrán de padecer la monótona constancia de un martinete: «yo soy español, español, español…».

sábado, 7 de octubre de 2017

Opinión: A este ¿quién lo ha votado?




A este ¿quién lo ha votado?


HÉCTOR MUÑOZ. MÁLAGA

Felipe de Borbón es rey por herencia y por la Gracia de Dios. No tiene problemas de urnas ni de papeletas. Las lleva todas. Todo un nepotista legal.

Felipe VI durante su discurso televisado el 3 de octubre de 2017  /   FUENTE: CASA REAL

Vive como un rey y ahora se dedica a la política. No le basta con hacer ventajosos tratos con sus amiguetes, los sátrapas saudíes. No parece que le quiten el sueño los crímenes de estado, ni las violaciones de los derechos humanos más básicos ni la financiación del terrorismo yihadista. Salmán también es rey, y ya se sabe: buen rollito entre monarcas y nada de molestar por minucias irrelevantes.
Lo que sí le preocupa es la cuestión catalana, que para eso es conde de Barcelona, entre los más de 30 títulos que posee. Todos por herencia, claro. Se ve que el hombre está necesitado de protagonismo y no ha querido ser menos que Letizia, Cristina o Iñaki, líderes del mundo rosa ─la primera─ y del mercado negro ─los otros dos─.
Así, ha decidido tirarse al fango político con un discursito de seis minutos. La única novedad del contenido es que no ha dicho nada nuevo ni original. El mismo que hubieran firmado Rajoy, Rafael Hernando, García Albiol, Albert Rivera o Susana Díaz, que, como todo el mundo sabe, son la vanguardia del progresismo.
Pero más que sus palabras, mil veces repetidas ─y articuladas con esa cadencia boba, tan borbónica─, lo verdaderamente llamativo ha sido su lenguaje gestual: dedo acusador, mano abierta tipo Franco y ¡puños fuera! Después de verlo, cualquiera diría que sueña con practicar el nuevo deporte nacional: dar hostias a los catalanes. Algo más que tortazos ya se encargó de repartir su ancestro, Felipe V, cercando y asaltando Barcelona el 11 de septiembre de 1714. Felipe y Cataluña no riman nada. Sangre y masacre, sí. El Borbón prefiere llamar a todo esto «asegurar el orden constitucional», un eufemismo envenenado de quien dice defender «el derecho de todos los españoles a decidir democráticamente su vida en común». No se referirá, seguramente, a la Gracia de Dios, la gran hacedora de su reinado.
Tenía el monarca tanta prisa por aparecer en el plasma que olvidó un pequeño detalle: su propio papá, hoy emérito, firmó y ratificó el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos en 1977, publicado en el BOE el 30 de abril de ese mismo año, y actualmente en vigor. Su artículo 1.1 no tiene desperdicio: «Todos los pueblos tienen el derecho de libre determinación. En virtud de este derecho establecen libremente su condición política y proveen asimismo a su desarrollo económico, social y cultural».

Ratificación del Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos / BOE


Artículo 1 del Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos / BOE

En cuanto a su jerarquía jurídica, José Manuel Serrano Alberca letrado de las Cortes Generales─ escribe en la web del congreso: «Hemos mantenido que el tratado tiene un rango superior a la ley y que esta afirmación se deriva del último inciso del artículo 96.1. de la Constitución Española».
Ya se sabe que los reyes no se ocupan de estas menudencias. ¿Para qué? Si, al fin y al cabo, heredan el cargo. Felipe VI es un gran demócrata, como su padre.

Pero ¿quién los ha votado?


lunes, 28 de agosto de 2017

Opinión. Atentados terroristas islamistas



¡Crucificadme!

HÉCTOR MUÑOZ.  MÁLAGA

La responsabilidad última del fanatismo criminal del Dáesh es la de los propios sicarios que perpetran las ejecuciones de tantos inocentes. También de aquellos que, a través de su ascendencia religiosa, los captan, los convencen y los preparan en un perfecto caldo de cultivo, propiciado —la mayoría de las veces— por situaciones de marginalidad social, aun siendo ciudadanos del mundo occidental.


Olga Rodríguez - Periodista especializada en Oriente Próximo

Este análisis, sin dejar de ser cierto, se cae de simple. La barbarie no nace por generación espontánea. Sus causas están ancladas en un pasado lejano —cuando, hace un siglo, tras la Primera Guerra Mundial, los británicos y los franceses se repartieron el oriente medio a golpe de escuadra y cartabón—, en otro muy reciente (Afganistán, Irak, Siria) y en un rabioso presente dominado por los intereses estratégicos y comerciales del bloque occidental y de sus aliados árabes, principalmente la todopoderosa Arabia Saudí, país en el que los derechos más básicos se tratan con decapitaciones públicas y apaleamiento de mujeres.


Arabia Saudí: conmutan la pena de muerte por ir a la Yihad

No es ningún secreto, con evidencias de todo tipo, que Arabia Saudí y Qatar organizan, arman y financian grupos terroristas islamistas; lo hicieron con Al Qaeda y lo hacen con el Dáesh. El exsenador norteamericano Bob Graham, principal autor del informe clasificado del Senado sobre los atentados del 11-S, declaró: «El Dáesh es un producto de ideales saudíes y dinero saudí».

Y ahora vayan buscando buenos cantos para lapidarme, si con ello creen limpiar sus conciencias: es vergonzoso que el Gobierno y la Monarquía española mantengan relaciones comerciales con los mecenas del terrorismo islámico, o que todos los partidos del Ayuntamiento de Cádiz, —incluidos Psoe, IU y Podemos—, apoyaran la venta de barcos de guerra a los saudíes, con los que podrán reventar a la población civil de Yemen. “Pan o ideología”, se dijo en su momento.

Los estadounidenses han organizado, entrenado y financiado grupos armados islamistas. Tampoco es ya un secreto. Según la BBC, Abu Bakr al-Baghdadi —el autoproclamado califa— fue detenido en 2004 por las fuerzas estadounidenses, y recluido en el centro de detención Camp Bucca, en Irak. Cinco años después, en 2009, al-Baghdadi es liberado por la Junta de Revisión. En 2010 se convierte en líder del Dáesh, y en junio de 2014 se proclama califa. Actualmente no se sabe a ciencia cierta si está muerto o no. Como lo de Bin Laden, todo un acto de fe.

Medios prestigiosos, como The Guardian o el Frankfurter Allgemeine Zeitung han reportado el envío de armas por parte del Reino Unido y la CIA a los rebeldes sirios, así como el hallazgo de armamento de fabricación francesa, norteamericana, alemana e israelí en zonas de guerra.


Medios israelíes y occidentales reconocen el suministro de armas a los yihadistas

Pero no solo es vergonzoso lo relatado; no vale quedarse ahí: es una política de corresponsabilidad meridiana con las masacres de Londres, París, Bruselas, Berlín, Orlando o Barcelona. Eso sí, que no falten las comitivas en los funerales, o que el gran problema sean las esteladas independentistas.

Azótenme si lo desean, pero los muertos son también parte del precio de las transacciones comerciales con Arabia Saudí y Qatar. Después viene el rechinar de dientes y el rasgarse las vestiduras. Malditos hipócritas.

¿Cuándo será el próximo? ¿O algún iluminado cree que ya se han acabado? ¿Qué resultado están dando las medidas que, en realidad, lo que hacen es recortar libertades a la población general?


Si les cuesta conseguir una cruz para ejecutarme, siempre pueden optar por quemarme vivo a lo Santa Inquisición. Pero, de una vez por todas, alguien tendrá que rebelarse contra tanto terrorismo institucional.



sábado, 15 de julio de 2017

Opinión: Las sociedades científicas




Sociedades tóxicas

HÉCTOR MUÑOZ. MÁLAGA

El corporativismo médico es un veneno de mil colores. Las sociedades 'científicas' son uno de sus exponentes. No solo son inservibles desde el punto de vista social, sino que tampoco son útiles para la mayoría de sus socios. Concebidas y estructuradas por y para determinadas élites profesionales, se mueven cerca de los poderes políticos y cohabitan con ellos.

Que los dos últimos directores del Plan Andaluz de Urgencias y Emergencias (PAUE), de la Junta de Andalucía, hayan sido presidentes de la Sociedad Española de Medicina de Urgencias y Emergencias (SEMES) no tiene apariencia de ser un hecho azaroso. Tanto el primero, el intensivista Francisco Murillo, como el actual, el internista Luis Jiménez, se han sucedido en ambos cargos. No hay que ser una persona retorcida para ver en tales lances una estrategia endogámica dirigida a perpetuar la connivencia política. Por cierto, según fuentes de la Dirección de la Unidad de Urgencias del hospital Carlos Haya de Málaga, el director del PAUE ha declinado asistir a este centro en varias ocasiones, a pesar de las numerosas denuncias sobre su pésimo funcionamiento. Parece ser que Jiménez tiene una agenda complicada.

Luis Jiménez Murillo, director del PAUE                               Europa Press/Junta de Andalucía


Después de pagar puntualmente la cuota anual —52 euros en la actualidad— durante 25 años, muchos socios no saben responder a la pregunta, ¿qué ha hecho por ti la SEMES? Algún descuento en la inscripción a un congreso o en algún servicio turístico. Ni la precariedad ni la penosidad laboral han menguado, antes al contrario: los niveles presentes de indignidad son vergonzantes, particularmente en Andalucía.

Nada habría que reclamarle a una sociedad exclusivamente dedicada a la ciencia. Pero a estos de la SEMES se les llena la boca en sus manifiestos con grandilocuentes declaraciones de buenas intenciones: «Dignificar las condiciones laborales y las condiciones de trabajo de los profesionales constituye una de las dos patas imprescindibles para poder hablar de una asistencia sanitaria humana». Para los directivos de la SEMES «algo está fallando cuando la intensidad de burnout entre el colectivo de profesionales de los Servicios de Urgencias y Emergencias es muy elevado». Un acertado diagnóstico, que se volverá a quedar en agua de borrajas cuando terminen de presidir la mesa de honor en la próxima cena de clausura del siguiente congreso. Alguno —embriagado de éxito y de ginebra— se marcará una simpática conga o un Paquito el chocolatero, como está mandado.

¿Qué combatividad cabe pedirle a una sociedad cuyo presidente, Juan Jorge González, su secretario general, Javier Povar, y dos de los cuatro vicepresidentes son responsables de las unidades o servicios de urgencias en los que trabajan? Creen que conseguir la especialidad en Urgencias es el Non plus ultra de la cuestión; así llevan más de dos décadas, sin resultados a día de hoy, salvo que esta reivindicación signifique la madre de las justificaciones para continuar medrando, lo cual no deja de ser un buen resultado. Para ellos.

Los médicos de urgencias tienen claras las prioridades, y entre ellas no está la especialidad fantasma: plantillas generosas, contratos de calidad, trabajo digno, tiempo de docencia y respeto a la experiencia de los más veteranos, sin muchos de los cuales hubiera sido imposible aquella estructura asistencial de los 90 que tanto mejoró la atención urgente, a pesar de los políticos y otros pisaverdes.


Tal y como están organizadas, el problema de estas sociedades es que son tóxicas por contribuir a un corporativismo ciego, por su apego al poder y por ser venenosas hasta para el más anónimo de sus socios



domingo, 2 de julio de 2017

Opinión. La Comisión Bárcenas




La clave está en el mayordomo


HÉCTOR MUÑOZ. MÁLAGA

Era un fiasco anunciado. La comparecencia de Bárcenas ante la Comisión parlamentaria que investiga la financiación del PP ha sido todo un ejemplo de inoportunidad política.

El extesorero del PP ya había advertido, a través de los medios, que no iba a responder ni una sola pregunta que pudiera comprometer su defensa en los dos procesos judiciales en los que está inmerso. Y volvió a repetirlo al comienzo de la sesión, antes del turno de la representante del PSOE, Isabel Rodríguez. Está en su legítimo derecho. Aun así, intervino en bastantes ocasiones, bien para puntualizar datos, bien para dar algún puyazo a sus interpelantes.

Y hay que darle toda la razón en lo que contestó a Irene Montero: «Yo no soy el responsable de que ustedes hayan cometido la torpeza de convocar esta Comisión habiendo un proceso judicial que afecta a determinadas personas. En este momento, lo que prima es mi derecho a la defensa, por encima de la soberanía popular y de cualquier cosa». De chulería también anda sobrado el ciudadano Bárcenas.

La primera impresión que dejan las dos horas y media que duró la sesión es la de que PSOE y Cꞌs querían desquitarse de la etiqueta de blandos en la pasada moción de censura, particularmente el representante de Cꞌs, el actor Tony Cantó, sobreactuando en un papel de agresividad sobrevenida que contrasta con el apoyo que su partido ofrece al Gobierno de Mariano Rajoy.

Casi todas las intervenciones consistieron en un agotador esperpento de preguntas sin respuestas. Luis Bárcenas es, sin duda, la zona cero de la corrupción del PP; estuvo en el nudo de las comunicaciones y manejaba la caja. Lo que este no sepa, no lo sabe casi nadie; su defensa está basada en exculparse, salpicando lo menos posible a la cúpula de su partido, la actual y las anteriores. Una empresa harto complicada. ¿Creían los parlamentarios que iba a cantar en el Congreso? Resulta ridículo pensar que pretendieran tal quimera. Y si sabían lo que iba a pasar ─que lo sabían─, más ridícula aún se antoja la comparecencia del extesorero.

El único que supo leer con acierto lo que iba a ocurrir fue el portavoz de ERC en el Congreso de los Diputados, el veterano Joan Tardà: «Lo de hoy no deja de ser un paripé, porque no hay voluntad de hacer un reset; la prueba está en su silencio y en que cuando se llega al momento de la verdad, los grandes partidos políticos, y buena parte de la oligarquía, pactan que algo cambie para que todo continúe igual». El de Cornellá optó por dejar a un lado las preguntas que Bárcenas no iba a responder, para hacer un certero análisis sistémico de la situación política y social que sustenta la corrupción en España.




«¿Usted se considera una persona corrupta? Porque si usted no se considera una persona corrupta y está convencido de que ha hecho lo que tenía que hacer, en función de los intereses de su partido, esto nos llevaría a reconocer que este sistema no solo está podrido, sino que, además, no tiene solución». Tardà no se quedó aquí y puso sobre la mesa el fenómeno social que mantiene al PP en el poder: «¿En algún momento pensaron que la ciudadanía les iba a pasar cuentas? Fíjese hasta qué punto todo está podrido, que ustedes estaban convencidos de que los ciudadanos les seguirían votando. ¡Y además tenían razón! Porque nadie puede negarles que han ganado las elecciones». El portavoz de ERC interpretaba así el pensamiento político de los dirigentes del PP: «Si hacemos lo que hacemos, y los ciudadanos nos siguen votando, es señal de que hemos sido capaces de convertir la mierda en un perfume».

De forma puramente retórica, el político catalán trató en vano de convencer a Bárcenas de que debía pedir perdón y contar toda la verdad, a sabiendas, claro está, de que le estaba pidiendo a un olmo que le diera peras. Por otro lado, acertó en restar protagonismo a la figura del extesorero: «Yo sé que usted no es el señor; los señores son aquellos empresarios que pagan y corrompen. Usted es más bien mayordomo o criado».


Al contrario que en muchas novelas policíacas, en las que finalmente el culpable de un crimen se halla entre el personal del servicio, el culpable de esta mala pesadilla que vive España no es el mayordomo, pero en él está la clave.



viernes, 23 de junio de 2017

Opinión. Moción de censura al Gobierno de Mariano Rajoy





Un país de perfil

 HÉCTOR MUÑOZ. MÁLAGA

La acreditada indecencia del partido que sostiene al actual Gobierno de España no solo es un reflejo deformado de la soez tolerancia de sus votantes con la corrupción de sus preferidos. Es, también, una triste consecuencia de la pasividad de un país que prefiere mirar hacia otro lado.

Los que hayan sido capaces de resistir las más de 16 horas de debate en la reciente moción de censura planteada al Gobierno de Rajoy, pueden entender que ya era hora de que alguien le arrojara a la cara lo que hasta los medios más cercanos al poder llevan años publicando casi a diario. Por este motivo, y mucho más allá del juego parlamentario y de las estrategias políticas, la moción era pertinente y necesaria. Así de sencillo y sin más consideraciones.

Al bochorno de lo ya sabido, se sumará el de lo que queda por ver: el presidente del Gobierno declarando en la Audiencia Nacional el próximo 26 de julio. Inédito. Si los ocho millones que le votaron hace un año son capaces de creerse que Rajoy nunca supo nada de las fechorías de los trápalas de su partido ─que es lo que va a decir─, España tiene un gran problema.

«Señor Rajoy, trae usted los ojos cansados de mirar para otro lado». Con esta observación ─que incluso se antoja tierna y respetuosa hacia el veterano parlamentario─ comenzaba Irene Montero el primer round de la moción. Grata sorpresa la de esta joven madrileña, que abría la ronda de debates con un discurso creíble, contundente y basado en datos que solo son contestables para aquellos que siempre se empeñan en negar la mayor. Sin embargo, la portavoz de Unidos Podemos se equivoca al afirmar que los españoles están indignados o que España está harta de que le roben: los partidos que no apoyaron la moción de censura representan a más de 17 millones de votantes, es decir, a la mayoría. Una mayoría que se encuentra más cómoda colocándose de perfil, como Rajoy y sus incondicionales camaradas de partido.



Un presidente, por cierto, demasiado predecible. Se empeñó en cuestionar los motivos de la moción, como si a tales alturas nadie se hubiera percatado de que Pablo Iglesias la había ideado para desgastarlo legítimamente. Un Rajoy empecinado en ridiculizar, negar, acusar de infamias y reivindicar las buenas formas. Cualquier cosa era buena para distraer del fondo de la cuestión. Un Rajoy que solo saca pecho para decir que España va bien. Lo que no aclara es para quién.

Al finalizar el segundo asalto de la primera sesión plenaria, la bancada conservadora aplaudía a su jefe como si hubiera ganado un combate imposible, aun sabiendo con absoluta certeza que la votación final no iba a dar ninguna sorpresa. Pero antes de esa impostada explosión de júbilo, durante algún pasaje del duro discurso de Iglesias, Rajoy no pudo disimular ni sus tics palpebrales ni un extraño temblor en la pierna izquierda. Y para arreglarlo, provocó la carcajada de toda la Cámara Baja con aquello de «¿Ustedes piensan antes de hablar o hablan tras pensar?». No, no se le veía cómodo.



Y vuelta a la corrección, el decoro y la sensatez. No fue una buena idea pretender que los escraches tengan la categoría de asunto de estado, o que sean actos tan abominables y perniciosos para la democracia como los delitos de Granados, Rato y una larga compañía. Pablo Iglesias supo anticipar la jugada y, claro está, le dio cera hasta en las patillas. El nuevo argumentario del PP solo quiere referirse a los siete meses de la actual legislatura. Con esta idea, lo único que pretenden es evadir responsabilidades ─al menos las políticas─ en los delitos de corrupción anteriores al 19 de julio de 2016. Los terribles años de la décima, entre 2011 y 2015, con una clase media machacada y en caída libre, mientras unos pocos e ilustres ciudadanos, vinculados al PP, llenaban sus bolsillos desvergonzada e impunemente, parecen haberse perdido en su saco del olvido.

Cada vez que el presidente erguía la cresta para ostentar su jerarquía en el corral electoral, el líder de Podemos se la bajaba sin despeinarse. Es lo que ocurre por presumir de ganador olvidándose de la financiación ilegal de algunas campañas del PP, o de la investigación sobre las presuntas comisiones ilegales que el partido recibió de Indra ─empresa que gestionó las bases de datos del escrutinio electoral del 26J─ a cambio de exclusivos, suculentos y ventajosos contratos. El gallo gallego acabó desplumado pero, eso sí, aplaudido por su mesnada, particularmente por una Soraya Sáenz de Santamaría que rozó el éxtasis teresiano.



Si hay alguien que se ajuste a aquella conocida frase de Groucho Marx «Estos son mis principios y si a usted no le gustan, tengo otros», ese es el líder de C’s, Albert Rivera. Arrancó en la segunda sesión plenaria con verbo suelto y fluido; con esa imagen de chico bueno y formal, que cada día se ve más deformada por muchas de sus propias decisiones políticas. Hizo un análisis correcto del votante del PP al afirmar que el miedo a Podemos es su «único aglutinante», y aprovechó la ocasión para hacer campaña con la repetida coletilla de «Nosotros hemos conseguido», como si 32 escaños dieran para tanto.



Cuando parecía que se había comido a Iglesias, se encontró con la réplica inmisericorde de este. Brutal. La paliza verbal bien pudiera merecer el calificativo de humillante. Hasta Susana Díaz se llevó yesca cuando el líder de Podemos tachó a Rivera de ser «el escudero del PP» y de «sostener a lo peor de los partidos tradicionales de España, como la inquilina de San Telmo en Andalucía». Visiblemente afectado, Albert Rivera terminó capitulando con la posibilidad de llegar algún día a acuerdos con Podemos, algo que se antoja complicado porque entre ambos hay algo más que diferencias políticas.

La intervención de José Luis Ábalos, portavoz provisional del PSOE de Pedro Sánchez, recordó mucho más al socialismo de toda la vida que al sucedáneo de Susana Díaz y Antonio Hernando. Buen orador, el discurso de Ábalos destiló nobleza, determinación y credibilidad. No perdió la oportunidad de reprochar agriamente a Pablo Iglesias la negativa de Podemos en la fallida investidura de Sánchez, allá por marzo de 2016. A pesar de ello, ambos se movieron dentro de un buen tono mutuo, dispuestos a sumar para acabar con la hegemonía de los populares y la corrupción que lastra la convivencia en España.



No hay que ser muy listo ni muy pesimista para pronosticar que ambos partidos volverán a tropezar con las mismas tres piedras que terminaron llevando a Rajoy a La Moncloa: C’s, Cataluña y una mayoría social anestesiada y vacunada frente a la impunidad de los poderes fácticos. No solo tienen que ponerse de acuerdo en el Congreso; también deberán ganar elecciones.

Del turno para el portavoz popular, Rafael Hernando ─que cerraba, con Pablo Iglesias, la serie de debates antes de la votación─, podría afirmarse, sin temor a errar, que su intervención terminó incendiando la Cámara. No es ninguna novedad, por otro lado. Además de un orador mediocre, Hernando es un provocador profesional. No dudó en recurrir a las aburridas falacias sobre Venezuela o Irán para atacar a la cúpula de Podemos, ni a utilizar la relación personal entre Montero e Iglesias para ridiculizarlos. Tamaña bajeza se volvió en su contra porque terminó pidiendo perdón. Es tal el odio que destila este hombre malo de la serie ‘Erase una vez la vida’, que no cuesta mucho imaginarlo ─ataviado con camisa azul, gorro cuartelero, botas altas y cartuchera al cinto─ cazando rojos por las calles de Madrid durante aquel aciago abril de 1939. Estremecedor, solo de pensarlo.



Los españoles dicen en las encuestas del CIS que su segunda preocupación es la corrupción y el fraude. El PP no es el único partido con corruptos, pero sí el que más tiene, con diferencia. Lo dice la policía y lo dicen los jueces. Pero ahí están, mandando por voluntad popular. La reciente moción de censura ha servido ─y no es poco─ para comprobar que hay gente capaz de decirlo en voz alta y a la cara del mismísimo presidente; jóvenes políticos que se enfrentan también a los verdaderos poderes, esos que no se ven ni salen en ninguna papeleta de voto. Ni siquiera los más combativos de la Transición se atrevieron a tanto. Todos ellos saben que no es exagerado afirmar que nadie está libre de tener un mal día o un accidente inesperado.

Barómetro del CIS, mayo 2017


Es imposible que los altos cargos del PP ─los que aún están limpios─, incluido Rajoy, no tuvieran nunca conocimiento de los delitos que han motivado más de 60 causas judiciales. No es creíble que nada supieran de lo que hacían cientos de personas vinculadas a su partido, muchas de las cuales están siendo, o han sido, investigadas, procesadas, condenadas o encarceladas. Quizá no participaron de la felonía, pero se distrajeron, callaron y miraron a otro lado. Ya es malo que así se comporten los dirigentes políticos, pero que también lo hagan los ocho millones que les votaron, más los nueve que no quisieron apostar por los que están dispuestos a partirse la cara, es un drama de proporciones históricas.

Solo hay que escuchar las conversaciones cotidianas de vecinos, amigos y compañeros, atender a las tertulias radiofónicas y televisivas, o leer en las redes sociales para constatar que hay muchos, demasiados, que lo niegan todo, que lo justifican todo o que se escudan en que no son los únicos que roban. El famoso y tú más. Este es el mayor de los problemas, el de la inacción dolosa frente al expolio y el saqueo. Para confirmarlo, solo hay que ver a esos descerebrados hinchas del Real Madrid o del Barcelona: defienden a sus astros hasta morir, si es preciso, mientras estos defraudan ─presunta o no tan presuntamente─ todo lo que pueden, y más.


Y lo que ocurre hoy en esta España anestesiada, adocenada y resignada es, simplemente, que ha elegido ponerse de perfil.