lunes, 28 de agosto de 2017

Opinión. Atentados terroristas islamistas



¡Crucificadme!

HÉCTOR MUÑOZ.  MÁLAGA

La responsabilidad última del fanatismo criminal del Dáesh es la de los propios sicarios que perpetran las ejecuciones de tantos inocentes. También de aquellos que, a través de su ascendencia religiosa, los captan, los convencen y los preparan en un perfecto caldo de cultivo, propiciado —la mayoría de las veces— por situaciones de marginalidad social, aun siendo ciudadanos del mundo occidental.


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Olga Rodríguez - Periodista especializada en Oriente Próximo

Este análisis, sin dejar de ser cierto, se cae de simple. La barbarie no nace por generación espontánea. Sus causas están ancladas en un pasado lejano —cuando, hace un siglo, tras la Primera Guerra Mundial, los británicos y los franceses se repartieron el oriente medio a golpe de escuadra y cartabón—, en otro muy reciente (Afganistán, Irak, Siria) y en un rabioso presente dominado por los intereses estratégicos y comerciales del bloque occidental y de sus aliados árabes, principalmente la todopoderosa Arabia Saudí, país en el que los derechos más básicos se tratan con decapitaciones públicas y apaleamiento de mujeres.


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Arabia Saudí: conmutan la pena de muerte por ir a la Yihad

No es ningún secreto, con evidencias de todo tipo, que Arabia Saudí y Qatar organizan, arman y financian grupos terroristas islamistas; lo hicieron con Al Qaeda y lo hacen con el Dáesh. El exsenador norteamericano Bob Graham, principal autor del informe clasificado del Senado sobre los atentados del 11-S, declaró: «El Dáesh es un producto de ideales saudíes y dinero saudí».

Y ahora vayan buscando buenos cantos para lapidarme, si con ello creen limpiar sus conciencias: es vergonzoso que el Gobierno y la Monarquía española mantengan relaciones comerciales con los mecenas del terrorismo islámico, o que todos los partidos del Ayuntamiento de Cádiz, —incluidos Psoe, IU y Podemos—, apoyaran la venta de barcos de guerra a los saudíes, con los que podrán reventar a la población civil de Yemen. “Pan o ideología”, se dijo en su momento.

Los estadounidenses han organizado, entrenado y financiado grupos armados islamistas. Tampoco es ya un secreto. Según la BBC, Abu Bakr al-Baghdadi —el autoproclamado califa— fue detenido en 2004 por las fuerzas estadounidenses, y recluido en el centro de detención Camp Bucca, en Irak. Cinco años después, en 2009, al-Baghdadi es liberado por la Junta de Revisión. En 2010 se convierte en líder del Dáesh, y en junio de 2014 se proclama califa. Actualmente no se sabe a ciencia cierta si está muerto o no. Como lo de Bin Laden, todo un acto de fe.

Medios prestigiosos, como The Guardian o el Frankfurter Allgemeine Zeitung han reportado el envío de armas por parte del Reino Unido y la CIA a los rebeldes sirios, así como el hallazgo de armamento de fabricación francesa, norteamericana, alemana e israelí en zonas de guerra.


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Medios israelíes y occidentales reconocen el suministro de armas a los yihadistas

Pero no solo es vergonzoso lo relatado; no vale quedarse ahí: es una política de corresponsabilidad meridiana con las masacres de Londres, París, Bruselas, Berlín, Orlando o Barcelona. Eso sí, que no falten las comitivas en los funerales, o que el gran problema sean las esteladas independentistas.

Azótenme si lo desean, pero los muertos son también parte del precio de las transacciones comerciales con Arabia Saudí y Qatar. Después viene el rechinar de dientes y el rasgarse las vestiduras. Malditos hipócritas.

¿Cuándo será el próximo? ¿O algún iluminado cree que ya se han acabado? ¿Qué resultado están dando las medidas que, en realidad, lo que hacen es recortar libertades a la población general?


Si les cuesta conseguir una cruz para ejecutarme, siempre pueden optar por quemarme vivo a lo Santa Inquisición. Pero, de una vez por todas, alguien tendrá que rebelarse contra tanto terrorismo institucional.



sábado, 15 de julio de 2017

Opinión: Las sociedades científicas




Sociedades tóxicas

HÉCTOR MUÑOZ. MÁLAGA

El corporativismo médico es un veneno de mil colores. Las sociedades 'científicas' son uno de sus exponentes. No solo son inservibles desde el punto de vista social, sino que tampoco son útiles para la mayoría de sus socios. Concebidas y estructuradas por y para determinadas élites profesionales, se mueven cerca de los poderes políticos y cohabitan con ellos.

Que los dos últimos directores del Plan Andaluz de Urgencias y Emergencias (PAUE), de la Junta de Andalucía, hayan sido presidentes de la Sociedad Española de Medicina de Urgencias y Emergencias (SEMES) no tiene apariencia de ser un hecho azaroso. Tanto el primero, el intensivista Francisco Murillo, como el actual, el internista Luis Jiménez, se han sucedido en ambos cargos. No hay que ser una persona retorcida para ver en tales lances una estrategia endogámica dirigida a perpetuar la connivencia política. Por cierto, según fuentes de la Dirección de la Unidad de Urgencias del hospital Carlos Haya de Málaga, el director del PAUE ha declinado asistir a este centro en varias ocasiones, a pesar de las numerosas denuncias sobre su pésimo funcionamiento. Parece ser que Jiménez tiene una agenda complicada.

Luis Jiménez Murillo, director del PAUE                               Europa Press/Junta de Andalucía


Después de pagar puntualmente la cuota anual —52 euros en la actualidad— durante 25 años, muchos socios no saben responder a la pregunta, ¿qué ha hecho por ti la SEMES? Algún descuento en la inscripción a un congreso o en algún servicio turístico. Ni la precariedad ni la penosidad laboral han menguado, antes al contrario: los niveles presentes de indignidad son vergonzantes, particularmente en Andalucía.

Nada habría que reclamarle a una sociedad exclusivamente dedicada a la ciencia. Pero a estos de la SEMES se les llena la boca en sus manifiestos con grandilocuentes declaraciones de buenas intenciones: «Dignificar las condiciones laborales y las condiciones de trabajo de los profesionales constituye una de las dos patas imprescindibles para poder hablar de una asistencia sanitaria humana». Para los directivos de la SEMES «algo está fallando cuando la intensidad de burnout entre el colectivo de profesionales de los Servicios de Urgencias y Emergencias es muy elevado». Un acertado diagnóstico, que se volverá a quedar en agua de borrajas cuando terminen de presidir la mesa de honor en la próxima cena de clausura del siguiente congreso. Alguno —embriagado de éxito y de ginebra— se marcará una simpática conga o un Paquito el chocolatero, como está mandado.

¿Qué combatividad cabe pedirle a una sociedad cuyo presidente, Juan Jorge González, su secretario general, Javier Povar, y dos de los cuatro vicepresidentes son responsables de las unidades o servicios de urgencias en los que trabajan? Creen que conseguir la especialidad en Urgencias es el Non plus ultra de la cuestión; así llevan más de dos décadas, sin resultados a día de hoy, salvo que esta reivindicación signifique la madre de las justificaciones para continuar medrando, lo cual no deja de ser un buen resultado. Para ellos.

Los médicos de urgencias tienen claras las prioridades, y entre ellas no está la especialidad fantasma: plantillas generosas, contratos de calidad, trabajo digno, tiempo de docencia y respeto a la experiencia de los más veteranos, sin muchos de los cuales hubiera sido imposible aquella estructura asistencial de los 90 que tanto mejoró la atención urgente, a pesar de los políticos y otros pisaverdes.


Tal y como están organizadas, el problema de estas sociedades es que son tóxicas por contribuir a un corporativismo ciego, por su apego al poder y por ser venenosas hasta para el más anónimo de sus socios



domingo, 2 de julio de 2017

Opinión. La Comisión Bárcenas




La clave está en el mayordomo


HÉCTOR MUÑOZ. MÁLAGA

Era un fiasco anunciado. La comparecencia de Bárcenas ante la Comisión parlamentaria que investiga la financiación del PP ha sido todo un ejemplo de inoportunidad política.

El extesorero del PP ya había advertido, a través de los medios, que no iba a responder ni una sola pregunta que pudiera comprometer su defensa en los dos procesos judiciales en los que está inmerso. Y volvió a repetirlo al comienzo de la sesión, antes del turno de la representante del PSOE, Isabel Rodríguez. Está en su legítimo derecho. Aun así, intervino en bastantes ocasiones, bien para puntualizar datos, bien para dar algún puyazo a sus interpelantes.

Y hay que darle toda la razón en lo que contestó a Irene Montero: «Yo no soy el responsable de que ustedes hayan cometido la torpeza de convocar esta Comisión habiendo un proceso judicial que afecta a determinadas personas. En este momento, lo que prima es mi derecho a la defensa, por encima de la soberanía popular y de cualquier cosa». De chulería también anda sobrado el ciudadano Bárcenas.

La primera impresión que dejan las dos horas y media que duró la sesión es la de que PSOE y Cꞌs querían desquitarse de la etiqueta de blandos en la pasada moción de censura, particularmente el representante de Cꞌs, el actor Tony Cantó, sobreactuando en un papel de agresividad sobrevenida que contrasta con el apoyo que su partido ofrece al Gobierno de Mariano Rajoy.

Casi todas las intervenciones consistieron en un agotador esperpento de preguntas sin respuestas. Luis Bárcenas es, sin duda, la zona cero de la corrupción del PP; estuvo en el nudo de las comunicaciones y manejaba la caja. Lo que este no sepa, no lo sabe casi nadie; su defensa está basada en exculparse, salpicando lo menos posible a la cúpula de su partido, la actual y las anteriores. Una empresa harto complicada. ¿Creían los parlamentarios que iba a cantar en el Congreso? Resulta ridículo pensar que pretendieran tal quimera. Y si sabían lo que iba a pasar ─que lo sabían─, más ridícula aún se antoja la comparecencia del extesorero.

El único que supo leer con acierto lo que iba a ocurrir fue el portavoz de ERC en el Congreso de los Diputados, el veterano Joan Tardà: «Lo de hoy no deja de ser un paripé, porque no hay voluntad de hacer un reset; la prueba está en su silencio y en que cuando se llega al momento de la verdad, los grandes partidos políticos, y buena parte de la oligarquía, pactan que algo cambie para que todo continúe igual». El de Cornellá optó por dejar a un lado las preguntas que Bárcenas no iba a responder, para hacer un certero análisis sistémico de la situación política y social que sustenta la corrupción en España.




«¿Usted se considera una persona corrupta? Porque si usted no se considera una persona corrupta y está convencido de que ha hecho lo que tenía que hacer, en función de los intereses de su partido, esto nos llevaría a reconocer que este sistema no solo está podrido, sino que, además, no tiene solución». Tardà no se quedó aquí y puso sobre la mesa el fenómeno social que mantiene al PP en el poder: «¿En algún momento pensaron que la ciudadanía les iba a pasar cuentas? Fíjese hasta qué punto todo está podrido, que ustedes estaban convencidos de que los ciudadanos les seguirían votando. ¡Y además tenían razón! Porque nadie puede negarles que han ganado las elecciones». El portavoz de ERC interpretaba así el pensamiento político de los dirigentes del PP: «Si hacemos lo que hacemos, y los ciudadanos nos siguen votando, es señal de que hemos sido capaces de convertir la mierda en un perfume».

De forma puramente retórica, el político catalán trató en vano de convencer a Bárcenas de que debía pedir perdón y contar toda la verdad, a sabiendas, claro está, de que le estaba pidiendo a un olmo que le diera peras. Por otro lado, acertó en restar protagonismo a la figura del extesorero: «Yo sé que usted no es el señor; los señores son aquellos empresarios que pagan y corrompen. Usted es más bien mayordomo o criado».


Al contrario que en muchas novelas policíacas, en las que finalmente el culpable de un crimen se halla entre el personal del servicio, el culpable de esta mala pesadilla que vive España no es el mayordomo, pero en él está la clave.



viernes, 23 de junio de 2017

Opinión. Moción de censura al Gobierno de Mariano Rajoy





Un país de perfil

 HÉCTOR MUÑOZ. MÁLAGA

La acreditada indecencia del partido que sostiene al actual Gobierno de España no solo es un reflejo deformado de la soez tolerancia de sus votantes con la corrupción de sus preferidos. Es, también, una triste consecuencia de la pasividad de un país que prefiere mirar hacia otro lado.

Los que hayan sido capaces de resistir las más de 16 horas de debate en la reciente moción de censura planteada al Gobierno de Rajoy, pueden entender que ya era hora de que alguien le arrojara a la cara lo que hasta los medios más cercanos al poder llevan años publicando casi a diario. Por este motivo, y mucho más allá del juego parlamentario y de las estrategias políticas, la moción era pertinente y necesaria. Así de sencillo y sin más consideraciones.

Al bochorno de lo ya sabido, se sumará el de lo que queda por ver: el presidente del Gobierno declarando en la Audiencia Nacional el próximo 26 de julio. Inédito. Si los ocho millones que le votaron hace un año son capaces de creerse que Rajoy nunca supo nada de las fechorías de los trápalas de su partido ─que es lo que va a decir─, España tiene un gran problema.

«Señor Rajoy, trae usted los ojos cansados de mirar para otro lado». Con esta observación ─que incluso se antoja tierna y respetuosa hacia el veterano parlamentario─ comenzaba Irene Montero el primer round de la moción. Grata sorpresa la de esta joven madrileña, que abría la ronda de debates con un discurso creíble, contundente y basado en datos que solo son contestables para aquellos que siempre se empeñan en negar la mayor. Sin embargo, la portavoz de Unidos Podemos se equivoca al afirmar que los españoles están indignados o que España está harta de que le roben: los partidos que no apoyaron la moción de censura representan a más de 17 millones de votantes, es decir, a la mayoría. Una mayoría que se encuentra más cómoda colocándose de perfil, como Rajoy y sus incondicionales camaradas de partido.



Un presidente, por cierto, demasiado predecible. Se empeñó en cuestionar los motivos de la moción, como si a tales alturas nadie se hubiera percatado de que Pablo Iglesias la había ideado para desgastarlo legítimamente. Un Rajoy empecinado en ridiculizar, negar, acusar de infamias y reivindicar las buenas formas. Cualquier cosa era buena para distraer del fondo de la cuestión. Un Rajoy que solo saca pecho para decir que España va bien. Lo que no aclara es para quién.

Al finalizar el segundo asalto de la primera sesión plenaria, la bancada conservadora aplaudía a su jefe como si hubiera ganado un combate imposible, aun sabiendo con absoluta certeza que la votación final no iba a dar ninguna sorpresa. Pero antes de esa impostada explosión de júbilo, durante algún pasaje del duro discurso de Iglesias, Rajoy no pudo disimular ni sus tics palpebrales ni un extraño temblor en la pierna izquierda. Y para arreglarlo, provocó la carcajada de toda la Cámara Baja con aquello de «¿Ustedes piensan antes de hablar o hablan tras pensar?». No, no se le veía cómodo.



Y vuelta a la corrección, el decoro y la sensatez. No fue una buena idea pretender que los escraches tengan la categoría de asunto de estado, o que sean actos tan abominables y perniciosos para la democracia como los delitos de Granados, Rato y una larga compañía. Pablo Iglesias supo anticipar la jugada y, claro está, le dio cera hasta en las patillas. El nuevo argumentario del PP solo quiere referirse a los siete meses de la actual legislatura. Con esta idea, lo único que pretenden es evadir responsabilidades ─al menos las políticas─ en los delitos de corrupción anteriores al 19 de julio de 2016. Los terribles años de la décima, entre 2011 y 2015, con una clase media machacada y en caída libre, mientras unos pocos e ilustres ciudadanos, vinculados al PP, llenaban sus bolsillos desvergonzada e impunemente, parecen haberse perdido en su saco del olvido.

Cada vez que el presidente erguía la cresta para ostentar su jerarquía en el corral electoral, el líder de Podemos se la bajaba sin despeinarse. Es lo que ocurre por presumir de ganador olvidándose de la financiación ilegal de algunas campañas del PP, o de la investigación sobre las presuntas comisiones ilegales que el partido recibió de Indra ─empresa que gestionó las bases de datos del escrutinio electoral del 26J─ a cambio de exclusivos, suculentos y ventajosos contratos. El gallo gallego acabó desplumado pero, eso sí, aplaudido por su mesnada, particularmente por una Soraya Sáenz de Santamaría que rozó el éxtasis teresiano.



Si hay alguien que se ajuste a aquella conocida frase de Groucho Marx «Estos son mis principios y si a usted no le gustan, tengo otros», ese es el líder de C’s, Albert Rivera. Arrancó en la segunda sesión plenaria con verbo suelto y fluido; con esa imagen de chico bueno y formal, que cada día se ve más deformada por muchas de sus propias decisiones políticas. Hizo un análisis correcto del votante del PP al afirmar que el miedo a Podemos es su «único aglutinante», y aprovechó la ocasión para hacer campaña con la repetida coletilla de «Nosotros hemos conseguido», como si 32 escaños dieran para tanto.



Cuando parecía que se había comido a Iglesias, se encontró con la réplica inmisericorde de este. Brutal. La paliza verbal bien pudiera merecer el calificativo de humillante. Hasta Susana Díaz se llevó yesca cuando el líder de Podemos tachó a Rivera de ser «el escudero del PP» y de «sostener a lo peor de los partidos tradicionales de España, como la inquilina de San Telmo en Andalucía». Visiblemente afectado, Albert Rivera terminó capitulando con la posibilidad de llegar algún día a acuerdos con Podemos, algo que se antoja complicado porque entre ambos hay algo más que diferencias políticas.

La intervención de José Luis Ábalos, portavoz provisional del PSOE de Pedro Sánchez, recordó mucho más al socialismo de toda la vida que al sucedáneo de Susana Díaz y Antonio Hernando. Buen orador, el discurso de Ábalos destiló nobleza, determinación y credibilidad. No perdió la oportunidad de reprochar agriamente a Pablo Iglesias la negativa de Podemos en la fallida investidura de Sánchez, allá por marzo de 2016. A pesar de ello, ambos se movieron dentro de un buen tono mutuo, dispuestos a sumar para acabar con la hegemonía de los populares y la corrupción que lastra la convivencia en España.



No hay que ser muy listo ni muy pesimista para pronosticar que ambos partidos volverán a tropezar con las mismas tres piedras que terminaron llevando a Rajoy a La Moncloa: C’s, Cataluña y una mayoría social anestesiada y vacunada frente a la impunidad de los poderes fácticos. No solo tienen que ponerse de acuerdo en el Congreso; también deberán ganar elecciones.

Del turno para el portavoz popular, Rafael Hernando ─que cerraba, con Pablo Iglesias, la serie de debates antes de la votación─, podría afirmarse, sin temor a errar, que su intervención terminó incendiando la Cámara. No es ninguna novedad, por otro lado. Además de un orador mediocre, Hernando es un provocador profesional. No dudó en recurrir a las aburridas falacias sobre Venezuela o Irán para atacar a la cúpula de Podemos, ni a utilizar la relación personal entre Montero e Iglesias para ridiculizarlos. Tamaña bajeza se volvió en su contra porque terminó pidiendo perdón. Es tal el odio que destila este hombre malo de la serie ‘Erase una vez la vida’, que no cuesta mucho imaginarlo ─ataviado con camisa azul, gorro cuartelero, botas altas y cartuchera al cinto─ cazando rojos por las calles de Madrid durante aquel aciago abril de 1939. Estremecedor, solo de pensarlo.



Los españoles dicen en las encuestas del CIS que su segunda preocupación es la corrupción y el fraude. El PP no es el único partido con corruptos, pero sí el que más tiene, con diferencia. Lo dice la policía y lo dicen los jueces. Pero ahí están, mandando por voluntad popular. La reciente moción de censura ha servido ─y no es poco─ para comprobar que hay gente capaz de decirlo en voz alta y a la cara del mismísimo presidente; jóvenes políticos que se enfrentan también a los verdaderos poderes, esos que no se ven ni salen en ninguna papeleta de voto. Ni siquiera los más combativos de la Transición se atrevieron a tanto. Todos ellos saben que no es exagerado afirmar que nadie está libre de tener un mal día o un accidente inesperado.

Barómetro del CIS, mayo 2017


Es imposible que los altos cargos del PP ─los que aún están limpios─, incluido Rajoy, no tuvieran nunca conocimiento de los delitos que han motivado más de 60 causas judiciales. No es creíble que nada supieran de lo que hacían cientos de personas vinculadas a su partido, muchas de las cuales están siendo, o han sido, investigadas, procesadas, condenadas o encarceladas. Quizá no participaron de la felonía, pero se distrajeron, callaron y miraron a otro lado. Ya es malo que así se comporten los dirigentes políticos, pero que también lo hagan los ocho millones que les votaron, más los nueve que no quisieron apostar por los que están dispuestos a partirse la cara, es un drama de proporciones históricas.

Solo hay que escuchar las conversaciones cotidianas de vecinos, amigos y compañeros, atender a las tertulias radiofónicas y televisivas, o leer en las redes sociales para constatar que hay muchos, demasiados, que lo niegan todo, que lo justifican todo o que se escudan en que no son los únicos que roban. El famoso y tú más. Este es el mayor de los problemas, el de la inacción dolosa frente al expolio y el saqueo. Para confirmarlo, solo hay que ver a esos descerebrados hinchas del Real Madrid o del Barcelona: defienden a sus astros hasta morir, si es preciso, mientras estos defraudan ─presunta o no tan presuntamente─ todo lo que pueden, y más.


Y lo que ocurre hoy en esta España anestesiada, adocenada y resignada es, simplemente, que ha elegido ponerse de perfil.



jueves, 25 de mayo de 2017

Relatos. El dolor ignorado





El dolor ignorado


HÉCTOR MUÑOZ. MÁLAGA


La mayor preocupación de los padres de Míriam aquella mañana era que no olvidara su crema solar. Lo que no sabían, cuando la niña cruzaba, feliz, el umbral de la puerta para ir a la playa, es que iba a ser la última vez que la vieran con vida. Málaga, 14 de julio de 2003.

No son pocas voces —aunque, incomprensiblemente, tampoco son muchas— las que reclaman a los responsables sanitarios un servicio hospitalario crucial: el soporte psicológico ininterrumpido, sistemático y urgente a todas las víctimas supervivientes de todas las desgracias graves, así como a sus allegados. Ininterrumpido, sistemático, urgente, para todos y en todos los casos dramáticos. Que son diarios y frecuentes.


La población está familiarizada, sobre todo a través de la televisión e Internet, con la presencia de psicólogos cuando se producen múltiples víctimas, como en los grandes accidentes (ferroviarios, aéreos, tráfico, incendios) y atentados terroristas. Muchos de ellos acuden voluntariamente y otros son proporcionados por las instituciones públicas y diversas ONG.
En algunos de estos casos se puede constatar un despliegue espectacular en cuanto al elevado número de profesionales presentes. Este hecho puede estar justificado por la magnitud y por otras penosas peculiaridades de este tipo de sucesos; no cabe duda que para los familiares, al dolor producido por la catástrofe misma, se suman circunstancias como la de no encontrar los cuerpos en los primeros momentos o las dificultades para identificar a las víctimas. Pero no es conveniente olvidar que la alarma social, las responsabilidades que se puedan depurar en el origen del suceso y la movilización de los cargos políticos pueden contribuir a que se extreme el celo de cara a la galería.

La atención mediática es intensa, masiva y duradera, porque este tipo de hecatombes interesan a la audiencia general. No faltan entrevistas a los propios psicólogos que están sobre el terreno, incluso debates divulgativos sobre el papel que estos profesionales desempeñan en estos casos.





Fernando no tuvo esa ayuda profesional aquella maldita madrugada cuando a través del auricular una voz monótona le comunicaba que su hijo estaba en urgencias. Desaliñado, estupefacto y asustado, tuvo que esperar lo suyo hasta que el médico pudo salir para informarle. Su chico estaba más cerca de la orilla negra que del mundo de los vivos. Al caer con la moto, no solo se partió la cabeza y unos pocos huesos; tuvo la mala suerte de rodar hasta una acequia cercana y sus pulmones se inundaron. En coma y casi ahogado, lo pudieron llevar a tiempo al hospital. El chaval puede hoy contar lo poco que recuerda.
Las tilas y los valiums que le llevaban las enfermeras, algunas palabras de ánimo —formuladas con una mal disimulada poca convicción—, y los frecuentes partes de un médico que no podía dedicarle más de diez minutos en cada ocasión, fueron todo el soporte psicológico que tuvo ese pobre hombre en la noche más amarga de su vida.


Poco más tuvo la joven Inmaculada mientras intentaban reanimar a su marido de una parada cardiaca, víctima de un infarto. A su bebé —el primero del joven matrimonio— le fabricaron un globo con un guante quirúrgico. Solo la simpatía forzada del personal mitigó a duras penas el trance de enviudar en menos de una hora. Si algún día hubiera descarrilado el cercanías que les llevaba todos los sábados a comer pescaíto a La Carihuela, podría haber gozado de los cuidados de un par de psicólogos.


No es cuestión de insistir con más relatos porque son infinitos. Ni todas las víctimas de todas las catástrofes juntas se acercan a lo que pasa todos los días, muchas veces, a cualquier hora y en muchos hospitales. Es allí donde la soledad y el pavor, bañadas de un sudor frío y viscoso, solo encuentran un poco de consuelo en la compasión de la gente de buena voluntad. La de unos trabajadores quemados y maltratados por esta nuestra Junta.

Y con la que está rondando, no parece el momento más oportuno para que los próceres de la Patria se percaten de tamaña ignominia y legislen la obligatoriedad de una asistencia psicológica de guardia, 24 horas al día, los 365 días del año. El único problema es que hay que pagar a esos profesionales, porque según el Servicio Público de Empleo Estatal (SEPE), perteneciente al Ministerio de Empleo y Seguridad Social, el pasado mes de abril se contabilizaron más de 13.200 psicólogos titulados en paro, de los que, por cierto, el 82% son psicólogas, lo que de carambola les otorgaría una oportunidad única de mitigar esa desigualdad de género que cacarean todos los días desde sus cómodos sillones para después pasársela por las zonas más abyectas de sus economías corporales.


El dueño de un chiringuito está observando a distancia un extraño comportamiento de Míriam; parece no atinar a colocar bien la toalla sobre la arena, se echa las manos a la cabeza y vomita un par de veces. Antes de poder acercarse para preguntarle, la joven cae fulminada, sin conciencia. El 061 la atiende e ingresa en urgencias en coma profundo y con signos premonitorios de muerte cerebral, según el facultativo. Una hemorragia cerebral la está matando. Ni la ventilación mecánica ni todas las medidas que toman para salvarle la vida están dando resultado. Tampoco tiene opción quirúrgica. Parece sentenciada a la pena máxima.

Los padres, avisados por los vecinos de los apartamentos en los que veranean todos los años, huyendo del asfalto madrileño, no tardan en llegar. A pesar de una educación exquisita y de un buen nivel cultural, les cuesta mantener el tipo. No es para menos porque el médico porta las peores noticias y cero de esperanza. No se equivoca. El matrimonio se muestra abatido pero ambos agradecen el trato que están recibiendo; solo demandan una cosa: necesitan la asistencia de un profesional de la psicología que les facilite el mal trámite. Los médicos de urgencias le explican —impotentes— que no existe esa figura ni pueden hacer nada al respecto, aun entendiendo la conveniencia y la legitimidad de la petición.

En la mañana siguiente, las pruebas clínicas y el electroencefalograma plano de la joven Míriam ya no dejan espacio para el milagro. Muerte cerebral confirmada y certificada. Es el momento para el coordinador de Trasplantes, que solicita la donación a los padres. Si necesitaban un psicólogo antes de esto, ahora no ven la manera de tomar una decisión tan dolorosa sin alguien que les atienda psicológicamente. No va a poder ser.

Dicen que el que tiene padrino se bautiza, y la política de trasplantes tiene tantos, que termina apareciendo una psicóloga. ¡Alehop! Con su intervención, allana el camino y los padres acceden finalmente. Míriam fallece pero da la vida a otros.


Estos son los hechos, a pecho descubierto. Hay luces, sí, pero también alguna sombra que el lector ya habrá detectado. Varios siglos antes de la era cristiana, Mencio, un brillante pensador y filósofo chino afirmó: «El hombre tiene mil planes para sí mismo. El azar, sólo uno para cada uno». Pues bien, el azar ha sacado de una de las miles de carpetas amarillas de un ordenador, la carta de agradecimiento que algo más de un mes después de la muerte de la hija enviaron sus padres. El lector podrá extraer sus propias conclusiones al analizarla, ya que es compartida en este blog, claro está, con las lógicas precauciones referentes a la privacidad.

Carta de agradecimiento y ruego de asistencia psicológica en el futuro


Sin ocultar su enorme gratitud, vuelven a insistir con su escrito en que para otras familias sería muy buena la ayuda de un psicólogo y que ésta fuera «ofrecida directamente por el hospital sin necesidad de esperar a la solicitud de la donación de órganos».


Han pasado 14 años y el dolor sigue ignorado.




lunes, 22 de mayo de 2017

Opinión. Primarias en el Psoe



La rebelión de los avales


HÉCTOR MUÑOZ.   MÁLAGA

Le han fallado más de 15.000 militantes. Y más de 1000 avalistas. La derrota de Susana Díaz en las primarias del Psoe ha conseguido borrar su triunfal sonrisa. Lo de «dientes, dientes», que proclamaba otra famosa trianera, no le ha servido en esta ocasión.


Susana Díaz y Pedro Sánchez tras los resultados de las primarias.                           Fuente: www.abc.es


Contra pronóstico, Pedro Sánchez ha barrido a Díaz y a López. Se pueden hacer cien lecturas de estos resultados, pero no desde una óptica electoral —ni nacional, ni autonómica ni local ni europea— como están pretendiendo muchos medios y analistas. Por dos razones muy simples: el censo de estas primarias supone el 0,4% de la población de España; y está constituido por casi 188.000 militantes del Psoe, es decir, personas que tienen un carné político, más allá del grado de compromiso, expectativas y honestidad de cada uno, valores que no se computan en una papeleta de voto.

Son las segundas primarias que gana Sánchez, de forma consecutiva, en menos de tres años. En 2014 derrotó con holgura a Madina y a Pérez Tapias, un tipo, este último, muy interesante, no solo por su solvencia intelectual y académica, también por su actitud crítica contra el Gobierno de Rajoy y frente al aparato socialista que facilita el rodillo conservador. Nada de esto interesó a los militantes y salió el candidato avalado por los barones, incluida la baronesa Díaz: Pedro Sánchez, posiblemente uno de los políticos de mayor estatura y menor talla de estadista en la reciente historia de España. Los tres candidatos consiguieron muchos más votos que los avales con los que se presentaban. Lo normal.

Entre aquellas fechas y las elecciones del pasado domingo, el Psoe ha perdido más de 10.000 militantes. En febrero de 2016, casi el 52% de los que no habían roto el carné votó en una consulta exprés —diseñada con dudoso rigor democrático—; cerca del 80% lo hizo a favor del pacto con C’s; unos acuerdos muertos intraútero y una militancia desorientada que se tragó el sapo de que la culpa era de Podemos por no querer cohabitar con la nueva derecha de color naranja. Las bases psoecialistas estaban tan hipnotizadas esos días que hubieran visto con normalidad a Sánchez Gordillo tomando el té afablemente con la duquesa de Alba.

A partir de este momento, con un Pedro Sánchez dando palos de ciego, vapuleado y ridiculizado en el Parlamento, Susana Díaz comienza a urdir su estrategia, apoyada por lo más rancio del partido y por una banda de pelotas que tenía muy clara la yegua ganadora. Objetivos: derrocar a Sánchez en la reunión del Comité Federal de octubre, colocar una Gestora dócil y llevarse de calle las primarias del pasado domingo. Los dos primeros salen a la perfección. Pero más de la mitad de los militantes, con un histórico 79% de participación, sale rana, rana, rana.

Que nadie se engañe: el Psoe está roto, posiblemente hoy más que nunca: hay dos mitades, entendiendo la candidatura de Patxi López como comparsa de la de Díaz, o mejor dicho —permítase la metáfora—, interpretando el concurso del exlendakari como el de un noble mamporrero. El acierto de los militantes, esta vez, solo ha consistido en elegir al menos malo para las políticas sociales que se esperan del partido que aún se llama socialista y obrero. Aunque no sea —ni se vislumbren expectativas al respecto— ni una cosa ni la otra. Particularmente en Andalucía, por más que aquella alardee de ello.

A Susana le han fallado 15.000 militantes. Pero sobre todo, le han fallado sus avalistas. ¿Cómo se entiende esto? ¿Cómo es posible que la hayan votado mil militantes menos que los que la avalaron? Para el que conoce el modus operandi del Gobierno psoecialista andaluz, de sus cargos, sus delegados, sus gerentes y sus mandos intermedios, no hay ningún misterio. Se llama coacción de guante fino: no necesitan colocar una daga en el cuello de nadie, solo recordar a más de uno y de una, lo que tienen y lo que pueden no tener.

No es comparable a la intensa corrupción y expolio que la sociedad española está sufriendo con el PP. No lo es, no. Pero sin serlo, es. EREs aparte. En esta ocasión los avalistas se han refugiado en el voto secreto para contribuir, junto a otros miles de militantes, a dar un baño de humildad a una dirigente política de bajo perfil, soberbia e intrigante. La propaganda de los dientes no le ha servido para nada; le ha fallado con quien menos lo esperaba.

La rebelión de los avales ha conseguido borrar su sonrisa. Por fin.


Fuentes:









jueves, 5 de enero de 2017

Opinión. El derrumbe de la sanidad pública


Conjurados para burlar

Los responsables políticos se empeñan en negar la crítica situación de la asistencia sanitaria pública en Málaga.

HÉCTOR MUÑOZ. Málaga

Es lo más parecido al fraudulento juego del trile. Esconden la bolita para que nadie la encuentre. Y así, la casa siempre gana. Esta es la conclusión a la que se llega tras conocerse el análisis de la delegada de Salud de la Junta de Andalucía sobre el estado actual de la sanidad en Málaga, según se desprende del contenido de un reciente informe oficial remitido a una asociación ciudadana.

Más de 250 camas fueron cerradas en la capital de Málaga durante las navidades del 2015, entre el Hospital Clínico y los cuatro pabellones del Regional Carlos Haya. Este dato pudo conocerse a través de un documento interno —'Plan Navidad Año 2015'—, con membrete de la Consejería de Salud. Todos los profesionales de estos hospitales saben que este año ha ocurrido lo mismo. Pero esta vez sin un papel que pueda filtrarse de nuevo. «Dígame caballero: ¿dónde está la bolita?».

Según varios testimonios del personal de enfermería de la UCI del Carlos Haya, durante estas entrañables fiestas cierran todo un módulo de dicho servicio; el motivo oficial atiende a la imperiosa necesidad de realizar algunas reformas menores. Sin embargo, el verano pasado se dedicaron a destripar el Servicio de Urgencias —para hacer una chapuza de cara a la galería, dicho sea de paso— y no se interrumpió la asistencia. «Apueste, señora, y dígame: ¿dónde está la bolita?».


Ana Isabel González de la Torre es la delegada territorial de Igualdad, Salud y Políticas Sociales de la Junta de Andalucía en Málaga, desde que en mayo del pasado año su antecesora en el cargo ascendiera hasta terminar siendo diputada por el PSOE en el Congreso de los Diputados. González de la Torre, de 40 años, trabajó como enfermera en el Hospital Costa del Sol —empresa pública— desde 1999 a 2015, año en que salió en excedencia para emprender su carrera política en las filas del PSOE: concejala del Ayuntamiento de Marbella, directora del Distrito sanitario Marbella-Este, Diputación Provincial… Una meteórica carrera en muy poco lapso de tiempo.
Ana Isabel González de la Torre                                                                La Opinión de Málaga

Dice la delegada que ahora trabaja para que «la asistencia sanitaria en Málaga siga siendo eficiente»; afirma rotundamente que en los hospitales «no se cierran camas en ningún periodo del año». Estas declaraciones forman parte de un informe, firmado por ella y enviado a la Plataforma por la Calidad de la Sanidad Malagueña (Placasama), cuyo contenido aparece publicado en la web de esta asociación ciudadana.

La prensa malagueña se hace eco, en estos días de mazapanes y viejas tradiciones, del caos en el que la pésima gestión política —pésima por política, no tanto por incompetencia, que también— ha sumido el bien público más preciado. La Opinión de Málaga, por poner un ejemplo, informaba ayer del colapso de las urgencias en el Hospital Carlos Haya; citando fuentes sindicales y de trabajadores del centro, cifra en 170 el número de camas cerradas y describe escenas de otros mundos, de otros tiempos, por la falta de profesionales que no son sustituidos en sus vacaciones de Navidad: demoras de diez horas, enfermos graves en camillas sin los cuidados pertinentes, o menos graves que tienen que cambiarse de ropa en presencia de otros…

Impasible, la Dirección responde que todo se debe a las fechas. Lo de siempre: el frío, la gripe, «ninguna incidencia que resaltar» y «la atención está garantizada». Mas, ¡oh, sorpresa!, este año hay novedades: según el diario citado, los responsables aseguran que la ocupación del hospital no es completa sino solo del 82%; casi les falta añadir que el que no ingresa es porque no quiere. Los trileros mueven los vasitos tan distraídamente que cuesta seguirlos: «Dígame, bella señorita: ¿dónde está la bolita?».

Según Placasama, los recortes de la Consejería de Salud en materia de contratación están afectando gravemente la asistencia médica en urgencias. Esta plataforma ciudadana maneja datos que hablan por sí solos: los puestos de facultativos sin cubrir, en estas fechas, llegan a ser hasta el 41% del total. Eso es mucho, no hay duda, pero González de la Torre declara que está contemplada la contratación necesaria para suplir las vacaciones navideñas del personal. Aquí, en este juego semántico, radica la cuestión: qué se entiende por contemplar y cuánto es lo necesario. «¡Acérquese, joven! Mire lo fácil que es ganar aquí: ¿dónde está la bolita?».

De otro lado, no parece que el equipo que asiste a la delegada ande muy afinado últimamente, por lo que se deduce del informe enviado a Placasama. Recomendarle que cite un estudio mundial —sí, sí, mundial— para justificar su política de ocupación hospitalaria y deslumbrar al personal, no es una gran idea. Entre otras muchas razones porque no se lo traga nadie. Asegurarle que hay un circuito especial para la atención de enfermos inmunodeprimidos, cuando —según la asociación— todo eso se reduce a proporcionarles una mascarilla, es un desatino, por no decir una barbaridad.

Una buena mesa de trile no solo depende de la habilidad del trilero moviendo los vasos y escondiendo la bola; se necesitan dos buenos 'ganchos' —que simulan ganar fácilmente grandes fajos de billetes—, y varios 'aguadores' confundidos entre la muchedumbre para dar el aviso cuando el timo es descubierto y, sobre todo, con el tiempo suficiente para poner pies en Polvorosa.

De esta manera, y de forma muy similar al proceso de gestión política, solo se consigue un trabajo profesional, bien hecho, cuando los miembros del equipo están concienzudamente coordinados, organizados y… conjurados para burlar.