viernes, 23 de junio de 2017

Opinión. Moción de censura al Gobierno de Mariano Rajoy





Un país de perfil

 HÉCTOR MUÑOZ. MÁLAGA

La acreditada indecencia del partido que sostiene al actual Gobierno de España no solo es un reflejo deformado de la soez tolerancia de sus votantes con la corrupción de sus preferidos. Es, también, una triste consecuencia de la pasividad de un país que prefiere mirar hacia otro lado.

Los que hayan sido capaces de resistir las más de 16 horas de debate en la reciente moción de censura planteada al Gobierno de Rajoy, pueden entender que ya era hora de que alguien le arrojara a la cara lo que hasta los medios más cercanos al poder llevan años publicando casi a diario. Por este motivo, y mucho más allá del juego parlamentario y de las estrategias políticas, la moción era pertinente y necesaria. Así de sencillo y sin más consideraciones.

Al bochorno de lo ya sabido, se sumará el de lo que queda por ver: el presidente del Gobierno declarando en la Audiencia Nacional el próximo 26 de julio. Inédito. Si los ocho millones que le votaron hace un año son capaces de creerse que Rajoy nunca supo nada de las fechorías de los trápalas de su partido ─que es lo que va a decir─, España tiene un gran problema.

«Señor Rajoy, trae usted los ojos cansados de mirar para otro lado». Con esta observación ─que incluso se antoja tierna y respetuosa hacia el veterano parlamentario─ comenzaba Irene Montero el primer round de la moción. Grata sorpresa la de esta joven madrileña, que abría la ronda de debates con un discurso creíble, contundente y basado en datos que solo son contestables para aquellos que siempre se empeñan en negar la mayor. Sin embargo, la portavoz de Unidos Podemos se equivoca al afirmar que los españoles están indignados o que España está harta de que le roben: los partidos que no apoyaron la moción de censura representan a más de 17 millones de votantes, es decir, a la mayoría. Una mayoría que se encuentra más cómoda colocándose de perfil, como Rajoy y sus incondicionales camaradas de partido.



Un presidente, por cierto, demasiado predecible. Se empeñó en cuestionar los motivos de la moción, como si a tales alturas nadie se hubiera percatado de que Pablo Iglesias la había ideado para desgastarlo legítimamente. Un Rajoy empecinado en ridiculizar, negar, acusar de infamias y reivindicar las buenas formas. Cualquier cosa era buena para distraer del fondo de la cuestión. Un Rajoy que solo saca pecho para decir que España va bien. Lo que no aclara es para quién.

Al finalizar el segundo asalto de la primera sesión plenaria, la bancada conservadora aplaudía a su jefe como si hubiera ganado un combate imposible, aun sabiendo con absoluta certeza que la votación final no iba a dar ninguna sorpresa. Pero antes de esa impostada explosión de júbilo, durante algún pasaje del duro discurso de Iglesias, Rajoy no pudo disimular ni sus tics palpebrales ni un extraño temblor en la pierna izquierda. Y para arreglarlo, provocó la carcajada de toda la Cámara Baja con aquello de «¿Ustedes piensan antes de hablar o hablan tras pensar?». No, no se le veía cómodo.



Y vuelta a la corrección, el decoro y la sensatez. No fue una buena idea pretender que los escraches tengan la categoría de asunto de estado, o que sean actos tan abominables y perniciosos para la democracia como los delitos de Granados, Rato y una larga compañía. Pablo Iglesias supo anticipar la jugada y, claro está, le dio cera hasta en las patillas. El nuevo argumentario del PP solo quiere referirse a los siete meses de la actual legislatura. Con esta idea, lo único que pretenden es evadir responsabilidades ─al menos las políticas─ en los delitos de corrupción anteriores al 19 de julio de 2016. Los terribles años de la décima, entre 2011 y 2015, con una clase media machacada y en caída libre, mientras unos pocos e ilustres ciudadanos, vinculados al PP, llenaban sus bolsillos desvergonzada e impunemente, parecen haberse perdido en su saco del olvido.

Cada vez que el presidente erguía la cresta para ostentar su jerarquía en el corral electoral, el líder de Podemos se la bajaba sin despeinarse. Es lo que ocurre por presumir de ganador olvidándose de la financiación ilegal de algunas campañas del PP, o de la investigación sobre las presuntas comisiones ilegales que el partido recibió de Indra ─empresa que gestionó las bases de datos del escrutinio electoral del 26J─ a cambio de exclusivos, suculentos y ventajosos contratos. El gallo gallego acabó desplumado pero, eso sí, aplaudido por su mesnada, particularmente por una Soraya Sáenz de Santamaría que rozó el éxtasis teresiano.



Si hay alguien que se ajuste a aquella conocida frase de Groucho Marx «Estos son mis principios y si a usted no le gustan, tengo otros», ese es el líder de C’s, Albert Rivera. Arrancó en la segunda sesión plenaria con verbo suelto y fluido; con esa imagen de chico bueno y formal, que cada día se ve más deformada por muchas de sus propias decisiones políticas. Hizo un análisis correcto del votante del PP al afirmar que el miedo a Podemos es su «único aglutinante», y aprovechó la ocasión para hacer campaña con la repetida coletilla de «Nosotros hemos conseguido», como si 32 escaños dieran para tanto.



Cuando parecía que se había comido a Iglesias, se encontró con la réplica inmisericorde de este. Brutal. La paliza verbal bien pudiera merecer el calificativo de humillante. Hasta Susana Díaz se llevó yesca cuando el líder de Podemos tachó a Rivera de ser «el escudero del PP» y de «sostener a lo peor de los partidos tradicionales de España, como la inquilina de San Telmo en Andalucía». Visiblemente afectado, Albert Rivera terminó capitulando con la posibilidad de llegar algún día a acuerdos con Podemos, algo que se antoja complicado porque entre ambos hay algo más que diferencias políticas.

La intervención de José Luis Ábalos, portavoz provisional del PSOE de Pedro Sánchez, recordó mucho más al socialismo de toda la vida que al sucedáneo de Susana Díaz y Antonio Hernando. Buen orador, el discurso de Ábalos destiló nobleza, determinación y credibilidad. No perdió la oportunidad de reprochar agriamente a Pablo Iglesias la negativa de Podemos en la fallida investidura de Sánchez, allá por marzo de 2016. A pesar de ello, ambos se movieron dentro de un buen tono mutuo, dispuestos a sumar para acabar con la hegemonía de los populares y la corrupción que lastra la convivencia en España.



No hay que ser muy listo ni muy pesimista para pronosticar que ambos partidos volverán a tropezar con las mismas tres piedras que terminaron llevando a Rajoy a La Moncloa: C’s, Cataluña y una mayoría social anestesiada y vacunada frente a la impunidad de los poderes fácticos. No solo tienen que ponerse de acuerdo en el Congreso; también deberán ganar elecciones.

Del turno para el portavoz popular, Rafael Hernando ─que cerraba, con Pablo Iglesias, la serie de debates antes de la votación─, podría afirmarse, sin temor a errar, que su intervención terminó incendiando la Cámara. No es ninguna novedad, por otro lado. Además de un orador mediocre, Hernando es un provocador profesional. No dudó en recurrir a las aburridas falacias sobre Venezuela o Irán para atacar a la cúpula de Podemos, ni a utilizar la relación personal entre Montero e Iglesias para ridiculizarlos. Tamaña bajeza se volvió en su contra porque terminó pidiendo perdón. Es tal el odio que destila este hombre malo de la serie ‘Erase una vez la vida’, que no cuesta mucho imaginarlo ─ataviado con camisa azul, gorro cuartelero, botas altas y cartuchera al cinto─ cazando rojos por las calles de Madrid durante aquel aciago abril de 1939. Estremecedor, solo de pensarlo.



Los españoles dicen en las encuestas del CIS que su segunda preocupación es la corrupción y el fraude. El PP no es el único partido con corruptos, pero sí el que más tiene, con diferencia. Lo dice la policía y lo dicen los jueces. Pero ahí están, mandando por voluntad popular. La reciente moción de censura ha servido ─y no es poco─ para comprobar que hay gente capaz de decirlo en voz alta y a la cara del mismísimo presidente; jóvenes políticos que se enfrentan también a los verdaderos poderes, esos que no se ven ni salen en ninguna papeleta de voto. Ni siquiera los más combativos de la Transición se atrevieron a tanto. Todos ellos saben que no es exagerado afirmar que nadie está libre de tener un mal día o un accidente inesperado.

Barómetro del CIS, mayo 2017


Es imposible que los altos cargos del PP ─los que aún están limpios─, incluido Rajoy, no tuvieran nunca conocimiento de los delitos que han motivado más de 60 causas judiciales. No es creíble que nada supieran de lo que hacían cientos de personas vinculadas a su partido, muchas de las cuales están siendo, o han sido, investigadas, procesadas, condenadas o encarceladas. Quizá no participaron de la felonía, pero se distrajeron, callaron y miraron a otro lado. Ya es malo que así se comporten los dirigentes políticos, pero que también lo hagan los ocho millones que les votaron, más los nueve que no quisieron apostar por los que están dispuestos a partirse la cara, es un drama de proporciones históricas.

Solo hay que escuchar las conversaciones cotidianas de vecinos, amigos y compañeros, atender a las tertulias radiofónicas y televisivas, o leer en las redes sociales para constatar que hay muchos, demasiados, que lo niegan todo, que lo justifican todo o que se escudan en que no son los únicos que roban. El famoso y tú más. Este es el mayor de los problemas, el de la inacción dolosa frente al expolio y el saqueo. Para confirmarlo, solo hay que ver a esos descerebrados hinchas del Real Madrid o del Barcelona: defienden a sus astros hasta morir, si es preciso, mientras estos defraudan ─presunta o no tan presuntamente─ todo lo que pueden, y más.


Y lo que ocurre hoy en esta España anestesiada, adocenada y resignada es, simplemente, que ha elegido ponerse de perfil.



4 comentarios:

  1. Me alegro de leerte de nuevo. Lúcido. Bien expresado. Es muy descorazonador, aunque hay destellos de esperanza. A veces es paí para llorar, pero hay que agarrarse como náufragos a algunos datos que permiten esperanza

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  2. Buen artículo. Gracias por hacernos partícipes de una opinión que aunque compartida, no es tan fácil ser expresada con la gracia y el ingenio que muestras. Me ha encantado la sensación de estar leyendo al comentarista de un partido. No me refiero a un partido político, sino a un partido "deportivo", a un juego que se desarrolla en fases. Las fases del procedimiento de la moción de censura. En este caso un partido extra del juego político, pero necesario para revelar con más claridad lo que vamos observando en la dinámica del gobierno de este país y de los partidos que le hacen el juego político, con la indiferencia, aparentemente, de la ciudadanía. Lamentable tener que darte la razón...España anda de perfil, como en los jeroglíficos egipcios. La pregunta que se me plantea es: ¿Nos quedaremos petrificados también los españoles?

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  3. Muchas gracias por tu comentario, muy acertado, por cierto, en su comparación con el Canon de perfil de la pintura egipcia antigua.
    Un fuerte abrazo.

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