lunes, 29 de agosto de 2016

La banda de los tragallones


La banda de los tragallones

HÉCTOR MUÑOZ. MÁLAGA

Son 86 pelotas acomodados, cobardes hasta la náusea, rastreros y rastreras sin vergüenza ni dignidad. Los 86 que han firmado el comunicado publicado en el diario Sur, desmintiendo las denuncias de los sindicatos y de los profesionales sobre la desastrosa gestión de los hospitales de Málaga, son un retrato en blanco y negro —más negro que blanco— de una Andalucía miedosa y servil que se vende por unas pocas monedas.
Porque la mayoría de éstos lo único que tienen que defender es un turno fijo de mañana y algunos eurillos de más al mes. Alérgicos al trabajo en las trincheras, temen perder la posición de poder —por otro lado vacua y ridícula— si contrarían al amo.
Profesionales del mismo 'equipo de gestión', en nombre del cual sale este comunicado, aseguran tener conocimiento de, al menos, dos personas que se han negado a rubricarlo, y que el procedimiento ha sido el de presentarles el documento con la lista de todos los posibles firmantes, ya elaborada: «Os hemos puesto a todos, y los que no quieran firmar que lo digan». ¡Cómo recuerdan estos métodos a los de tiempos pretéritos!
Según las mismas fuentes, muchos de los 86 mostraron en privado su desacuerdo con el contenido del texto pero accedieron a firmar por temor; así mismo, creen que detrás de esta maniobra propagandística está la mano del director de enfermería, Cipriano Viñas Vera cargo que ostenta desde hace muchos años, cuya fidelidad a la Consejería de Salud y sus desencuentros con el principal sindicato de enfermería —Satse— son de sobra conocidos en el hospital Carlos Haya de Málaga. En la web del centro están el resto de gerifaltes del dichoso 'equipo de gestión', aunque no está actualizado.*

*Desde el día 1 de julio de 2016, la subdirectora de Enfermería del hospital Clínico, hospital Marítimo y CARE San José Obrero es Erika Motoro, en sustitución de Concepción Cruzado Álvarez, según ha manifestado ésta última a El Vaso Canopo.
Organigrama de directivos                                                                                                      Fuente: web del hospital Carlos Haya


Además, son tan torpes, tan chapuceros, tan carentes de la más mínima señal de independencia intelectual, que no han podido dejar de incluir en el comunicado la cansina consigna del SAS: «Reiteramos a la población, una vez más, que la atención en los hospitales de Málaga está totalmente garantizada». ¿Es o no es para vomitarles en la cara?
En el curso de un verano plagado de manifestaciones y evidencias sobre el desastre de la atención sanitaria en Andalucía, este comunicado viene a revolver, aún más, el ánimo de miles de trabajadores, que constatan cómo 86 de sus propios compañeros —que lo son, aunque traten de distinguirse con su tarjetita identificativa a modo de matrícula o sus impolutas batas entreabiertas que dejan ver sus variadas prendas de vestir— se prestan para pertrechar una abominable traición a sabiendas de que lo es. Lo cual es mucho peor todavía.
El daño que hacen al bien público no es baladí. Porque son ellos y ellas, precisamente, los que deberían liderar las denuncias, aun a riesgo de sus cargos y sus privilegios. Aunque es lícito exigir que se publique la lista de estos 86 tragaldabas, no habrá de ser ardua la tarea de conocerlos. De hecho, ya lo son. No son tiempos de linchamientos, mas tendrán que bajar la mirada al cruzarse con más de uno.

Y que no olviden que son solo 86, frente al clamor de miles; que solo son… una banda de tragallones.

lunes, 22 de agosto de 2016

Diez clichés para una felonía (reeditado). Todo sigue igual





Diez clichés para una felonía (reeditado)

Héctor Muñoz. Málaga

Una jugada perfecta. Una cortina echada que oculta una ventana tapiada: al descorrerla solo deja ver los ladrillos desnudos, pero no lo que hay detrás de ellos.
 
The Wall - Pink Floyd
A fuerza de ver, oír y leer todo lo relacionado con la situación política y económica que padecen en estos momentos millones de personas que hasta ahora creían gozar de cierta seguridad y estabilidad dentro de sus diferentes niveles adquisitivos, se tiende a dar por bueno todo un discurso, preñado de tópicos, que intenta explicar las causas y las soluciones. Falaz, malintencionado y armado con un arsenal de argumentos vacíos de contenido, trata de convencer a los ciudadanos y muchas veces lo consigue, no solo de lo inevitable de los acontecimientos, sino de la cuota de responsabilidad que aquéllos tienen sobre éstos.

Se abre el telón. El “Estado de bienestar” como el gran logro de las democracias liberales surgidas en la segunda mitad del siglo XIX al amparo del capitalismo emergente. Una ilusión vendida como cualquier otro producto del mercado, un amargo caramelo con sugerente envoltorio: un pisito acogedor, un buen coche, el plan de pensiones o un viaje a las islas más exóticas del Pacífico.
Todo ello, claro está, a cambio del trabajo diario de toda una vida para poder pagar las deudas y sus intereses. Felicidad al alcance del bolsillo, espejismo para las clases medias y utopía para los expoliados del Sur: el bienestar duradero solo ha sido, y es, una realidad tangible para los poderosos y su tupida telaraña de empoderados.

La “crisis financiera de la deuda”. ¿La deuda de quién? ¿Dónde están los acreedores, cómo se llaman? Pareciera que una crisis económica es como un maremoto, un huracán o un meteorito destructor; como si estuviera determinada por la naturaleza o el cosmos, sobrevenida del azar o de leyes imponderables.
Ha habido muchas crisis, como la del 29. Después de haber destrozado la vida de cientos de miles de personas confiadas y estafadas, los arruinados magnates volaban sobre el vacío de Wall Street antes de reventarse contra el duro asfalto neoyorquino. Éstos, al menos, tuvieron las agallas de desafiar al vértigo.
Sus herederos aprendieron bien la lección y han abandonado esa desagradable práctica: se asignan sueldos y pensiones vitalicias de millones de euros que premian su meritorio esfuerzo. Que lo de inmolarse ha pasado de moda y se manchan los trajes. Después, los buitres planearán ostentosos sobre la carroña que ellos mismos han dejado.

Las tres siguientes escenas arrancan con máscaras y son protagonizadas por aquellos 'elegidos libremente por el pueblo' para representarlo en el aparato institucional. La gran coartada. Los que gobiernan ahora piden sacrificios a los ciudadanos para salvarlos de la crisis. Sin esperar respuesta, decretan una serie de agresiones sociales de curso legal llamadas 'ajustes' o 'recortes'. Se muestran convencidos de la comprensión y de la generosidad de los ciudadanos. Y les piden sus votos.
Los de la oposición —que ya hicieron y dijeron lo mismo cuando les tocó gobernar— brotan con rabia ante tamaño atropello. El nudo de la trama se va apretando con advertencias apocalípticas que encogen el corazón de los espectadores. Y les piden sus votos.
Llega el momento de los actores secundarios: aquellos a los que se les atribuyó el histórico papel de adalides y garantes sin par de los inalienables derechos de los trabajadores, pobres y excluidos; es la parte cómica de la obra: aferrados al sillón que la voluntad popular les ha prestado, despotrican del resto, y solo se levantan para hacer payasadas simbólicas. Y les piden sus votos.
Todos ellos, y con un guión muy bien ensamblado, maman de las mismas tetas, la derecha y la izquierda. Y porque solo hay dos. El público asistente ríe a carcajadas con estos malos actores, aunque expertos mamones, y ríe por no llorar. Tras este jocoso impasse, un creciente rumor se va adueñando de la acústica de la sala: los asistentes empiezan a no saber de qué parte inclinarse. Dudan, confundidos.

Se acerca el desenlace. Pero antes queda tiempo para lamentar “el estallido de la burbuja inmobiliaria”, como otro fenómeno natural ajeno a la codicia y a la maldad. Tratan de convencer de que éstas son cosas del destino y que nada tienen que ver con la premeditada usura de prestar plata envenenada a sabiendas de que no podrá ser devuelta. Un inocente error de los banqueros, el de confiar y conformarse con dos nóminas o un aval cualquiera, para poder financiar la felicidad de sus clientes y contribuir a un mundo perfecto. Un mundo encerrado en una esfera de cristal, llena de casitas y nieve, que se agita cuando un niño la sacude.

Como padres admonitores sentencian: “habéis vivido por encima de vuestras posibilidades”. Malos, que sois unos nenes muy malos. Malos, malos, malos. Unos azotes en el culete y pelillos a la mar, que aquí no ha pasado nada. Los papis y las mamis, rara vez dan malos consejos: “Hay que recuperar la confianza de los mercados”. Los “mercados” son caprichosos y volubles; hay días que se despiertan torcidos, bajan la bolsa y suben la prima de riesgo. Son así de sensibles. Si no hay castigo se enfadan, y si alguien patalea se mosquean mucho más. No hay de qué preocuparse, porque “vamos a estimular el crecimiento”.

Último acto. La víctima, descamisada, y el verdugo, de etiqueta, frente a frente. Al fondo, una misteriosa cortina. “Son medidas dolorosas pero no hay otra opción”. El rumor ya es clamor: el público se levanta de los asientos y sube en tropel al escenario.
Paralizado, al tramoyista ni se le ocurre bajar el telón. Por la cuenta que le trae. Los primeros en pisar las tablas se aplican en dar lo suyo al del frac y la chistera, a base de bien y sin intereses. Otros se emplean sin contemplaciones con cada felón que les sale al paso. Al fin, descorren la cortina dejando desnuda una falsa ventana sellada con ladrillos que caen como fichas de dominó en cuatro patadas.

The Wall - Pink Floyd

Asomados a ella contemplan un gran jardín luminoso con enormes árboles bajo cuya sombra retozan gozosos los mercados y los mamones, entre música de cámara, buenos caldos y las mejores viandas de importación.

Se miran unos a otros. “A por ellos, que son pocos y cobardes”.
Ahora sí se cierra el telón.


sábado, 13 de agosto de 2016

Menú de guardia


Un menú para el sábado noche



Aunque parezca mentira, es en Málaga                                                                                 H. Muñoz






lunes, 8 de agosto de 2016

Opinión: Onda Azul


¿También tú, Bruto?

HÉCTOR MUÑOZ. MÁLAGA

Lo de Onda Azul ha sido hoy una ruin puñalada, una mojá desinformativa de las de baja estofa.  Las túrdigas de los trabajadores de la sanidad pública malagueña y andaluza aún sangran, evisceradas, por tamaña felonía.


El colectivo médico, el de enfermería, los sindicatos y la oposición en el Parlamento andaluz (PP, IU, Podemos) llevan más de un mes denunciando los criminales recortes de la Junta en recursos humanos ─cierre de camas hospitalarias, cobertura insuficiente, precariedad laboral por contratos indignos, sobrecarga extrema de los trabajadores─, y sus consecuencias: demoras, masificación, agresiones, graves disfunciones y algún que otro caído esperando una ambulancia. Y lo que no se sabe.
De todo ello, con diferentes enfoques y mejor o peor informados, se han hecho eco muchos medios escritos y audiovisuales de alcance local y nacional: Sur, Opinión de Málaga, Málaga Hoy, El Mundo, ABC, Ser, Telecinco, Antena 3 y algunos más entre los que no se encuentra Canal Sur. En las redes sociales el clamor ha sido, y sigue siendo, casi histórico.



Es imposible que la radiotelevisión pública de Málaga, Onda Azul, no se haya enterado del asunto. Y mientras Espejo Público dedicaba hoy casi 20 minutos a denunciar esta dantesca situación, con entrevistas a médicos que han tenido que dejar de trabajar para el Sistema Sanitario Público de Andalucía por preferir su dignidad a firmar contratos para esclavos, la emisora malagueña ha emitido dos totales para mayor gloria de la Junta de Andalucía: uno con propaganda de trasplantes (presentando resultados del primer semestre que ya fueron noticia en junio) y otro dando voz al gerente de los dos grandes hospitales malagueños, Emiliano Nuevo, negándolo todo rotundamente con la consigna del partido: la asistencia está garantizada.




El grupo político ꞌMálaga Ahoraꞌ celebraba recientemente el cambio de gerente de Onda Azul «tras la oscura gestión anterior» de la Empresa Municipal de Gestión de Medios de Comunicación de Málaga S.A. La nueva responsable, Vanessa Martín Alloza, parece una garantía de transparencia y vocación de servicio público. Curiosamente llega al cargo gracias a los votos del PP. Cosas de la política.
Decía el profesor Chaparro Escudero, un referente en medios de proximidad: «No se puede entender la construcción de una ciudad ni de un pueblo sin el conocimiento diario y cotidiano de lo que le rodea. La proximidad es un elemento fundamental de construcción de memoria, de construcción de imaginario, de construcción de ciudadanía y de participación. Hoy asistimos a la gran televisión de la TDT y, sin embargo, al mayúsculo fracaso de la televisión local».
Pues bien, parece que la nueva gerente de Onda Azul no debió acudir ese día a clases, o lo ha olvidado durante los muchos años que ha trabajado para la RTVA, es decir, para Canal Sur. Hoy podía haber sido un gran día si su redacción se hubiera esforzado en hacer periodismo, en vez de bailarle el agua a Susana Díaz y sus cipayos.
Pero, claro, eso es muy complicado cuando en la información económica-financiera que ofrece la web de Onda Azul puede leerse que los convenios que lleva a cabo la Empresa Municipal de Gestión de Medios de Comunicación de Málaga S.A. con determinadas entidades son, entre otras… Lo han adivinado: la Junta de Andalucía.
Cuando ni siquiera se ha de confiar en un medio local, cercano y comprometido, no queda otra que recordar con melancolía la tragedia de Julio César y aquella sangrienta traición final. Y mientras los profesionales sanitarios echan el bofe este verano, Onda Azul ofrecerá el gran circo de la Feria de Málaga. Muy romano todo.