sábado, 15 de diciembre de 2012

Crónica de pasillo



Una tarde en el descansillo

Héctor Muñoz. MÁLAGA

Con un mínimo interés y un poco de tiempo, no es necesario recurrir al cine para vivir pasajes de la vida cotidiana que nada tienen que envidiar a la ficción cinematográfica. En el supermercado, en la barbería, en la cola de una ventanilla o en una sala de espera. En cualquier lugar y en cualquier momento hay situaciones reales capaces de competir con el mejor guionista cinematográfico.

A los devotos de los hermanos Marx no les sorprenderán los títulos de algunas de sus películas como Una noche en la ópera, Un día en las carreras, Una tarde en el circo, o Una noche en Casablanca. Son títulos de ficción enmarcados con un toque temporal, que refuerza la sensación del espectador de que hay cosas que únicamente ocurren en la imaginación del autor y solo durante unas horas, como si de un sueño, o una pesadilla, se tratase. Son películas de locura, descontrol, absurdos personajes, gritos, risas, carreras, esperpento a fin de cuentas y… ¡más madera! Un Groucho totalmente loco, ácido, acatísico, con su permanente puro bajo el negro bigotón, acompañado de sus dos escuderos, Chico y el mudo Harpo —tan listos y tocapelotas como el otro— protagonizan comedias tan críticas, mordaces e irónicas, como ellos mismos. Estas joyas del celuloide son botones de muestra de la capacidad creativa de los seres humanos (que es mucha pero no de todos); poseen la virtud suprema, oscura y clarividente a un tiempo, de mostrar sin reparos, a cara de perro, la recurrente ridiculez de la sociedad de ayer y de la de hoy, que son la misma. Escenas que caricaturizan muchas costumbres sociales, algunas arraigadas en su propio origen étnico, casi genéticas, ancestrales y primitivas; otras importadas e incorporadas al imaginario colectivo de la comunidad, y muchas inducidas o favorecidas por la persuasión que ejerce el poder y el dinero (que son la misma cosa) a través de sus agentes y de sus canales propagandísticos.
        
         Roque Ferrante es un funcionario de los de toda la vida; un servidor público con inquietudes privadas, al que un simple resbalón, seguido de un giro contrario a las leyes de la cinética, le ha roto una pierna y lo ha convertido en un lisiado temporal. De la noche a la mañana se ha transformado en un patoso con muletas, un ser preocupado por una extremidad, por unos escalones, por los suelos pulidos y por cualquier distancia que supere los diez metros. Roque sufre en la ducha diaria y cuida de no trastabillarse, porque no sabe si es peor romperse de nuevo la mala o joderse también la buena; que cualquier cosa puede pasar en un estado de tanta inseguridad. Roque se siente vulnerable, casi indefenso. Siempre ha presumido de gozar con la lluvia, de contemplarla extasiado tras los cristales, de disfrutarla paseando por la ciudad. Ahora la mira con desasosiego. «¡Que no llueva mañana, por Dios, que tengo que ir al médico!», suplica mientras se imagina coordinando un paraguas y dos muletas… a la pata coja. Espectacularmente patético, circense.

Amanece despejado. Ha llegado el día. Mientras intenta enfundarse unos malditos calcetines negros, Ferrante piensa en el suspense que provoca ir al médico; podría olvidar su aniversario de boda o el santo de su madre, pero no la cita con el cofrade de Asclepio, el de la porra y la serpiente: «Vaya ocurrencia —discurre en silencio—, representar la Medicina con un palo como un demonio y una bicha de venenosa pinta. Esta gente es muy rara, para empezar. Lo demás vendrá rodado y que sea lo que Dios disponga».

         El Camino Español de los tercios de Flandes se le antoja a Roque un tranquilo rular frente a los más de veinte escalones que separan la corteza terrestre de la puerta principal del hospital. Al que diseñó el sistema no debieron explicarle bien lo que es un cojo, ni le comentaron que por estos establecimientos suelen pulular personas perjudicadas; no le advirtieron de que las muletas no llevan muelles impulsores, ni de que los carritos de ruedas no llevan tracción trasera.

         La cuestión es que Ferrante, triunfador sobre tales obstáculos, espera su turno para la revisión programada, sentado en uno de los desgastados sillones colocados en el descansillo de la cuarta planta del hospital, una zona de paso a la que llaman «sala de espera». Armado con paciencia de paciente —condición que asume plenamente a estas alturas—, un periódico del día y El Hereje de Delibes, ralentiza deliberadamente su reloj vital, dispuesto a sobrellevar dignamente el tiempo muerto de una tarde que se presume eterna. Roque goza de una posición estratégica: sentado frente a las escaleras y los ascensores, entre dos largas salas de habitaciones, a derecha e izquierda, sin perder de vista las santas muletas, que son sus nervios motores, sus mudos lazarillos; tiene ante sus pupilas el panorama completo de una representación social: las visitas a los enfermos de un hospital. Casi en estado de hipnosis, por el espectáculo que se le ofrece, le resulta imposible siquiera pasar del titular de portada.

Se supone que un hospital es un lugar destinado, en su último fin, al restablecimiento, la curación, el alivio y el descanso de personas enfermas, desgraciadas y auténticas protagonistas de esta historia, que bastante tienen ya con la que les ha caído. Y sin embargo, Roque tiene la sensación de que es al contrario: la visita a los encamados es un rito atávico de obligado cumplimiento, muy al uso en esta España nuestra, particularmente en la zona más meridional de la misma; rito considerado por los administradores del sistema, los responsables de gestionar el transcurrir de lo cotidiano, como una pieza básica –algún lumbreras la llamará «herramienta»– en el proceso terapéutico. De otra forma, no se entienden tantas horas permitidas, durante las cuales entra allí lo más grande, sin el mínimo control, ad libitum.

Riadas de conocidos y conocidas, agrupándose de dos en dos, de tres en tres, o de más en más, da lo mismo, saliendo de esos pobres ascensores, que si hablaran lo harían cantando por Antonio Molina Soy un pobre presidiario, ¡Ay! Málaga mía o Tengo una pena, pena.  Desorientados y aturdidos unos, buscando una figura con bata blanca o pijama verde a la que asaltar con sus dudas; displicentes y expertos otros, con la seguridad y el aplomo que da conocer el terreno, hacen de guías para las nuevas visitas, como si mostraran su casa o cualquier itinerario turístico. Todo está impregnado de un tufo folklórico, que nada tiene que ver con las dolencias; en un ambiente adornado de risas, carcajadas y voces —«¡niñaa que no es por ahí!», se ahogan los llantos silenciosos, como el de una mujer que se queja a sus primas —recién llegadas de La Línea en el autobús de Portillo—, de que su marido no viene hoy a ver a su hermana, porque está en el bar, jugando al dominó, privando y esperando la championlig (en realidad, el pájaro aún no ha cumplido visita en los veinte días que la cuñada lleva ingresada).



El lienzo lo completan el moderno del mp3 con los oídos obturados por Andy y por Lucas, desatendiendo las indicaciones de su madre, que le grita en vano para que gire 180 grados; la maciza con minifalda y leotardos verdes que distrae al personal masculino y proporciona tema para el escarnio al femenino; la enterada que sabe más de Medicina que el mismísimo Marañón, y que pregona a voces sus conocimientos y experiencias previas; y el corro de chicharras que, en una esquina, se alían y se calientan para criticar despiadadamente al médico de turno, ese holgazán desagradecido al que todos y todas costean el sustento de su familia. De fondo, expuesta en la pared de forma bien visible, la conocida carta de derechos, muchos, y deberes, pocos, del usuario. Y ese pobre anciano, encorvado, jadeante, claramente enfermo, más que muchos de los hospitalizados, con la mirada perdida y la parca en la frente, ayudado por sus cercanos, en riguroso cumplimiento del compromiso adquirido; ¿y quién le visita a él? Entra y sale a los 10 minutos, igual de encorvado, igual de jadeante, o más, con la satisfacción del deber cumplido en la cara de sus acompañantes, que no en la suya, resignada ya ante lo inevitable. Consternado, Roque piensa en ese pobre hombre y en el calvario que le están haciendo pasar. E instintivamente imagina la cara y los pensamientos del paciente visitado, al verlo: «… esta criatura es la que debería estar aquí… Vaya ánimos».

Y cómo no podía ser de otra forma, ajenos al entorno, como en otro plano existencial, dos operarios de mantenimiento, oportunos para variar, desarman una techumbre en pleno pasillo;  uno, encaramado a una escalera de aluminio, metiendo y sacando cables, comunicándose a gritos con el otro, como si estuvieran en la obra del metro. Un propio, un «visitador» de compromiso, harto de oír las mismas gilipolleces de siempre, a pie de cama, en una habitación abarrotada, y aficionado al bricolage, se entretiene en el lance, dando expertos consejos a los profesionales, del tipo de «dile a tus jefes que la próxima vez pongan tubos traqueados de peuvecé». Ahí queda eso.

Hasta aquí, puede decirse que, bueno… todo esto es previsible, consabido, rutinario, criticable, sí, pero real, pinturero y costumbrista. Ferrante, ensimismado, casi ha olvidado la dolencia cuando oye su nombre: de forma torpe y atropellada se levanta, toma las muletas y avanza hacia lo desconocido; la consulta es pequeña pero bien iluminada. El galeno, tras diversas maniobras exploratorias (diseñadas para doler), sentencia: «esto va muy bien». Roque está eufórico. Y en un arranque de solidaridad le comenta al médico la vorágine que acaba de presenciar, esperando del mismo, convencido, un arranque de ira por tener que sufrirla en sus propias carnes. Ingenuo error, Roque Ferrante: lejos de despotricar de la situación cotidiana, el facultativo confiesa que es un mal menor que hay que agradecer, porque, de no ser por «la visita», ¿quién daría de comer puntualmente a los impedidos? ¿Quién levantaría del catre a los ancianos? ¿Quién avisaría con tiempo, antes de que los demenciados se subieran por las paredes? ¿Quién evitaría que las uñas de algunos crecieran hasta hacer sombra?

   Y los fines de semana la cosa es mucho peor.
   Eso es imposible, doctor.
   No hay personal suficiente, amigo. Lo que tenemos no da para más.

El bueno de Roque imagina febrilmente trenes y autobuses especiales, fletados expresamente; hordas de cumplidores y cumplidoras acudiendo en peregrinación dominical al sagrado ritual; billones de bacterias hambrientas penetrando en el recinto y miles de decibelios molestando a los enfermos, ante la permisividad de los que mandan. Una visión inesperada de la cuestión que le sonroja por su propia candidez; un giro insospechado que le indigna por su mezquindad: en el fondo todo es un apaño tácito; ni escrito ni verbalizado. Es el dame pan y dime tonto: puedes campar a tus anchas, vale, pero no protestes. Y vótame.

Hay quien tiene lo que quiere, otros lo que pueden y muchos lo que se merecen.

jueves, 15 de noviembre de 2012

Una de Cine



Del macrohospital a la macrogerente: storytelling y propaganda


HÉCTOR MUÑOZ. Málaga

En una carta al director, publicada en el diario Sur del 27 de septiembre pasado, se cuestionaba el optimismo –vestido de rosa matinal de domingo con lazo de tímidas promesas– de la gerente del hospital Carlos Haya y de la consejera de la Junta, sobre aquel proyecto de «macrohospital» para Málaga. Sin pretensiones adivinatorias, ya se advertía de que el cuento no colaba. Storytelling. Propaganda.
Hace una semana, el delegado de Salud y Bienestar Social de la Junta de Andalucía, Daniel Pérez, declaraba que el macrohospital de Málaga «en estos momentos no puede ser una realidad», y «en estos momentos no tenemos la disponibilidad financiera y no lo podemos hacer». Hoy no. Mañana. El cuento de nunca acabar. Storytelling. Propaganda.
Entre medias, la historia de un hospital, el Carlos Haya, consternado: noticias de despidos y reacción sindical; un encierro accidentado, un exceso de poder o un inocente malentendido, según el flanco por el que rompa el viento. Denuncias, agravios, indignación. El relato no se agota, no debe agotarse. Una buena historia sin suspense, ni es buena ni es historia, ni es nada. Y así pasan los días, como si el reloj se detuviese entre dos noticias. Storytelling. Propaganda.
Cuando el público cabecea de sueño y algunos estudian la forma de salir lo más discretamente posible del patio de butacas, llega el gran pelotazo, el impacto total: «La Junta dejará un solo gerente para Carlos Haya y el Clínico por los recortes», lo cual, según nota oficial «conllevará importantes beneficios para los ciudadanos, puesto que la agregación de gerencias vendrá a fomentar aún más la atención integral y la coordinación entre los profesionales de los distintos centros y niveles». Ya es mala suerte que tan brillante idea –suponiendo que lo sea– llegue con treinta años de retraso: la atención integral y la coordinación entre los profesionales necesitaban una crisis financiera mundial para ser mejoradas hasta la excelencia. Storytelling. Propaganda.
«El SAS nombra a Carmen Cortés gerente de Carlos Haya y el Clínico». No hay narración que se precie de ser digna sin héroe ni heroína; son elementos indispensables para la adhesión de la audiencia. «Tendrá a su cargo a 8.000 trabajadores y manejará un presupuesto anual de más de 550 millones de euros». Pesada carga para los mortales, pero no para quien levita sobre sus cabezas, no para los mitos, no para los elegidos. No para las elegidas. Storytelling. Propaganda.
Y para que nadie dude de que la fuerza nos acompaña, Daniel Pérez explica el ahorro que supondrá esta medida, a pesar de haber incorporado a Javier Terol, como subgerente, al equipo directivo –en el que hay un director médico, entre otros cargos– del hospital Carlos Haya de Málaga, según se desprende de una entrevista concedida a un diario malagueño. El Ojo que todo lo ve. El Gran Hermano controla el más esquivo rincón de la casa. Los dioses confían en sus representantes en la Tierra. Storytelling. Propaganda.

¿Qué tiene todo esto que ver con la realidad, esa que diariamente está de guardia las veinticuatro horas? Storytelling. Propaganda.

Una de Cine


Del macrohospital a la macrogerente: storytelling y propaganda

jueves, 18 de octubre de 2012

Crónica del esperpento


El bellotero, el listo y la doctora que quedó bien: un sainete religioso

En un servicio de urgencias sanitarias suelen ocurrir muchas cosas, unas predecibles, inesperadas otras,  y casi siempre son situaciones sorprendentes, curiosas e interesantes, pero bastante desagradables en su mayoría.

El análisis de todos los eventos acaecidos –y de las circunstancias que los rodean, condicionan, determinan y originan– es complicado, por mucho que algunos chupatintas a sueldo pretendan sistematizarlos en una presentación Power Point candidata a ser premiada en el próximo concurso de la Escuela Andaluza de Salud Pública, para glorias, gestas y excelencias; es decir, para escalar un peldaño, cobrar un mísero plus, obtener dos días libres, una palmadita en el lomo o permiso para mamarla relajadamente con ticket de desayuno adicional.
Sin embargo, la realidad lleva otros caminos, acaso los del Señor, y para muestra el siguiente botón: a 200 kilómetros de la sala de críticos del malagueño hospital Carlos Haya, concretamente en Almería, un usuario gravemente enfermo –además de transplantado renal y, por tanto, hijo predilecto del sistema–, con su aorta (esa “vena gorda” mítica para el pueblo andaluz) desafortunadamente rota un viernes de puente de diciembre. Hasta aquí normal, predecible en cierto modo.
Lo que ya no es tan imaginable, ni sistematizable en el Power Point del soplagaitas de turno, el de la medallita y ticket de desayuno, es que el paciente, usuario del sistema y objetivo de nuestros desvelos, tuviera la fortuna o la desgracia (aún está por ver) de tener una “gran amiga”, anestesista ella, que asumiera la dirección y coordinación de su emergencia vital, quedando para la posteridad como la gran hacedora y ángel de la guarda. ¡Qué bonita es la amistad, sobre todo cuando los problemas tienen que solventarlos otros! Planteada la cuestión en Almería, la buena samaritana recurre a un amigo cardiólogo. Un listo, uno más de los muchos que pueblan nuestras dehesas. Esto cada vez pinta más feo. No se conoce lo que este galeno sabe de Cardiología, posiblemente mucho, pero de lo que no cabe duda es de que está al día sobre los resultados de la cirugía aórtica de todos los servicios de Cirugía Cardiovascular en España, puesto que al ser consultado por su amiga anestesista, sentencia: “mándalo al Gregorio Marañón, que tienen muy buenas estadísticas”. Ahí, con dos cojones y 600 kilómetros de regalo para uno que ya avista a la de negro con la guadaña. La otra se lo cree y llama a Madrid. No hay foto de la cara del cirujano de guardia, pero su dedo corazón, erguido en actitud de rechazo, aún deja sombra entre las torres de Florentino Pérez: “amigo cardiólogo, en Madrid va a ser que no, ¿dónde lo mandamos?, porque le toca Granada, tierra soñada por mí”. “No, mejor a Málaga que tiene mejores resultados”, concluye el experto.
Y a las seis de la tarde, el residente de guardia, aprendiz de cirujano cardiovascular, anuncia al adjunto de urgencias la buena nueva; sin capacidad de reacción, ni derecho a veto, el urgenciólogo piensa: “este marrón me lo como yo, como hay Dios”. La doctora no duda en meterle en el cuerpo a su amigo disecado 150 kilómetros más de autovía y queda de cine. El galeno cardiólogo, el listo, también queda bien y satisfecho de poner en práctica sus vastos conocimientos. Ambos en su casa, al abrigo del hogar familiar.
Mientras tanto, en otro lugar y en otro ambiente, ajeno a políticos, amasachurros, ruedabolas, comecancas, chupauñas y cagamulas, un pobre desgraciado ha sido detenido por bellotero: portador intestinal de unas cuantas bolas de polen cannábico prensado que, a estas alturas, o bajuras, mantienen una estrecha relación con las haustras colónicas y la materia fecal, mierda para entendernos todos, presente en estas vísceras diseñadas por Dios en el último día de la Creación. Los círculos del destino proveerán que el presunto se convierta también en usuario del sistema, como el otro, pero sin glamour.
Y ambos al Carlos Haya, el primero acompañado del SAMUR, con su médico a la cabeza, aliviado de soltar semejante regalo, y el segundo con una pareja, mítica imagen, de la Guardia Civil, la "Meletérica de Chiquitistán", que solicitan educadamente al residente de turno ubicar al usuario en un “lugar especialmente habilitado” para el proceso expulsivo, una vez realizada la radiografía delatora. “¿Mande?”, pregunta el médico bisoño. In albis, el médico en formación imagina una sala con tecnología punta que él desconoce y, disculpándose momentáneamente con los agentes, acude raudo a asesorarse por su adjunto responsable, que le explica con aplomo y seguridad en qué consiste ese lugar especialmente diseñado para estos fines. Feliz de saber algo más, se presenta de nuevo ante la ley y el orden y, textualmente les expone: “mi adjunto dice que disponemos de una trona que ubicamos donde haya espacio; la trona es un sillón con un agujero para cagar, debajo del cual se inserta una palangana de la que ustedes recogerán el material… y mientras tanto se sitúan a derecha e izquierda del detenido en su labor vigilante”. Hombres de honor, valientes y arriesgados, a los de verde les aterroriza la idea de comerse los olores y texturas propias del procedimiento propuesto y solicitan llevarse a su detenido al Clínico, dónde suponen una mejor cartera de servicios para estos menesteres. Y siguiendo la máxima del enemigo que huye y del puente de plata se les facilita la salida en transporte propio (coche patrulla) con un informe a mano por montera y nuestros mejores deseos, buen servicio a los guardias y una pronta cagada al bellotero.
Y mientras que el amigo de la que quedó bien y del listo de Almería, con 4 o 5 venenos en perfusión y un tubo en la traquea era sometido a más pruebas antes de entrar por fin al anhelado y merecido quirófano, a las tres de la madrugada ya, recibíamos la llamada de un médico del Hospital Clínico Universitario, largando bichos y culebras por esa boca, indignado con la derivación y preguntándonos qué tiene su trona que no tenga la nuestra. ¿Y qué tiene Málaga que no tenga Granada para pacientes con la aorta disecada? Esto es la guerra, compañero.
Pasó la noche y llegó la mañana siguiente. Afortunadamente el enfermo crítico, operado, evoluciona en la UCI. El detenido, con la "Meletérica", aún depone, ingresado en la planta de Cirugía. Los dos en Carlos Haya, algo predecible.
Málaga, diciembre de 2009
Dedicado a D. José María Cano, compañero y amigo. Allá arriba debe estar sonriendo.

jueves, 27 de septiembre de 2012

domingo, 23 de septiembre de 2012

Una leyenda más.




Málaga tiene una leyenda llamada macrohospital

Héctor Muñoz. Málaga

En la entrevista a la gerente del hospital Carlos Haya de Málaga, Carmen Cortés, publicada en el diario Sur el pasado día 19 se abordan diferentes temas entre los que destaca el proyecto de un gran hospital para la ciudad. Cortés se muestra “convencida de que se construirá” y la consejera “así lo ha transmitido”.
La ciudadanía ya puede estar tranquila porque sabe perfectamente que no se va a hacer hasta que pasen algunas generaciones, si algún día se hace. Las malagueñas y los malagueños son buenas gentes pero no tontos. Esta recurrente noticia sale a la palestra cada vez que para los políticos y gestores pintan bastos; es como el Santo Grial, que a fuerza de no encontrarlo se convirtió en leyenda.
Lo curioso de la cuestión es que hace doce años se hizo un proyecto de ampliación del hospital Carlos Haya, que incluía urgencias y consultas externas; las obras comenzaron y terminaron con la construcción de una cafetería-restaurante de dos plantas y cristalera verde. La sala de recepción de pacientes en urgencias sigue teniendo entre 35 y 40 metros cuadrados, dato que puede ser contrastado fácilmente. La gerente se ha encontrado con esta situación y no se le puede atribuir responsabilidad alguna, pero no estaría de más que comenzara a retomar un problema tan básico, si realmente pretende la “excelencia” del hospital, palabra que repite cuatro veces en la citada entrevista.

Carmen Cortes: «La crisis ha repercutido en los salarios de los profesionales, pero no en las prestaciones ni en la cartera de servicios»

Carmen Cortes, especialista en medicina preventiva y salud pública, ayer, en su despacho del Hospital Carlos Haya. :: Álvaro Cabrera (diario Sur)

         Es cierto su comentario sobre los buenos profesionales del hospital, y muy loables la comprensión por el malestar laboral y su “sensibilidad en estos momentos difíciles”, lo que no debe ser óbice para recordarle que a finales del pasado mes de julio el presidente de la junta de personal solicitó el uso del salón de actos para una asamblea de trabajadores y dicha petición le fue denegada, según manifestó en su día el representante de los mismos. Si bien es verdad que los colegios profesionales siempre han supuesto un molesto grano para los responsables sanitarios, catalogar su visión como obtusa y sus ideas como decimonónicas no resulta, precisamente, un ejercicio de sensibilidad con los miles de colegiados que existen en Málaga.
         En cuanto a la influencia de la crisis en las prestaciones, no sería mala idea contrastar la opinión de Cortés con la percepción de los usuarios del sistema, en cuanto a listas de espera, atención domiciliaria y demoras en consultas (por poner algún ejemplo): igual el panorama no resulta tan alentador.
            

jueves, 13 de septiembre de 2012

Una de mujeres



Dos damas españolas

Héctor Muñoz. Málaga

Con la opinión pública mediáticamente abducida por la ruina económica, asustada, agobiada cada mañana y cabreada el resto de la jornada, brotan, casi de la nada -por imprevistos-, dos hechos noticiables que terminan dando la vuelta al orbe refrescando el ambiente con ese inconfundible olor a tierra recién regada: Cecilia y Olvido. Borja y Los Yébenes. Aragón y Castilla. España.

Ni que decir tiene que a ambos acontecimientos no les han faltado los que gustan de buscar los tres pies al gato; unos por imbéciles de oficio, otros por no tener otro tema de conversación y los de siempre para arrimar interesadamente cualquier fogata a sus medros políticos, desviando la atención de sus propias fechorías hacia cuestiones tan humanas, tan corrientes y tan normales, elevadas casi a categoría de asuntos de estado, en ese manido ejercicio, tan viejo como la Humanidad, de distraer al personal con pérfidas intenciones.

Doña Cecilia, una señora cabal, celosa de su pueblo, de su iglesia y de sus santos. Una mujer de carácter, resuelta y decidida. Conocedora de los rincones más ocultos del Santuario de la Misericordia, de sus cuadros, de sus imágenes, de sus telarañas, olores y humedades, convencida de su capacidad para arreglar ella sola lo que el tiempo y la dejadez de otros han estropeado en silencio. Un pequeño error de cálculo y cierta carencia de perspectiva artística -que se han producido sin género de dudas a la vista del resultado- no pueden empañar el desinterés con el que la señora acometió la empresa. Y mucho menos, eclipsar la dignidad y la valentía de la misma al reconocer su atrevimiento e impericia. Muchas Cecilias y Cecilios necesita este país de chamba, en el que solamente la cagan los que lo intentan. Los que no toman decisiones nunca se equivocan, y suelen ser los mismos que ahora critican el abandono del patrimonio cultural, como si fuera algo novedoso; cualquier viajero interesado ha podido constatar la indefensión de cientos de monumentos centenarios, incluso milenarios, repartidos por los campos ibéricos, abandonados a su suerte, en pié hasta que el tiempo se lleve por delante, no a sus piedras, sino a las manos que las cuidan.

Doña Olvido, cuatrocientos kilómetros al suroeste, en plena Mancha, es otra mujer española de armas tomar. Metida a política y electa como concejala del PSOE en el ayuntamiento de Los Yébenes, Toledo, ha tenido a bien grabarse un clip íntimo, presumiblemente destinado a una persona y no a una audiencia masiva a la que algún cabrón -o cabrona-, con pintas, ha conseguido llegar con ese revuelto de envidia, venganza y despecho que tizna nuestra historia y la preña de hideputas. Traicionada por su confianza, la atractiva edila no ha hecho nada distinto a los miles, por no decir millones, de babosos -y babosas, pero menos- que se machacan todos los días en Internet; mejor dicho: sí lo ha hecho diferente, por elegancia y sensualidad. El problema, al igual que doña Cecilia, ha sido un error de cálculo y falta de perspectiva, tecnológica en este caso. Y ya la hemos liado: entre abucheos, insultos, golpes de pecho, peticiones de dimisión y manifestaciones de apoyo (que no se sabe qué es peor), el mismísimo Torquemada parecería un querubín cándido e inocente. Al fin y al cabo, la Inquisición torturaba y después matarile. Un mal trago que terminaba con ese inconfundible olor a carne quemada. La hipócrita sociedad del siglo XXI tortura pero no mata. Tortura y tortura, sin acritud, con tranquilidad y buenas maneras, dentro de la legalidad vigente. Pero no mata.

Señoras Cecilia y Olvido: siempre a sus pies.

lunes, 3 de septiembre de 2012

Así nos luce el pelo




La culpa es siempre de los otros


Héctor Muñoz. Málaga

No hay más cera que la que arde. La misma que lleva ardiendo durante todos los siglos que han forjado este ser español: no solo es la España de pandereta que amó y padeció Machado; es la de “mi equipo es el mejor del mundo”, aunque pierda siempre; la de “al enemigo no le doy ni agua”, y mucho menos la razón, aunque la lleve; la de “mi niño es el mejor hijo del mundo y el más guapo”, aún sabiendo que el pollo es un haragán profesional que tiene a la madre como criada y trapichea en las puertas de las discotecas para sacar lo que no le roba del monedero, además de ser físicamente lo más parecido a un gremlin malo; o la de “no cambio mi ciudad o mi barrio por nada del mundo” mientras se sortean con habilidad las mil y una cagadas caninas en aceras y parques, dando gracias a Dios cuando se pisa una, porque eso “da suerte”. Y al que se le ocurra hacer la más mínima observación crítica del equipo, del niñato, de la ciudad o del barrio, pasa automáticamente a la lista negra. O conmigo o contra mí. No querer reconocer errores y defectos ante los demás, por evidentes que fueren, no aceptar una crítica ajena justificada, no decir jamás: “señores lo he hecho mal”; es la España de siempre, turbulento río en el que se diluye la responsabilidad, en el que la culpa siempre es del otro.

La casi total desaparición del ejercicio autocrítico en el panorama político español, nacional y autonómico, conforma un estado latente de polaridad miope, cuando no premeditadamente organizada, que frena cualquier avance social. La autocrítica y el debate interno han sido, o al menos lo han pretendido, señas de identidad de la “izquierda” española. No obstante y sin término medio, estas sanas discrepancias pasaron de ser insalvables, en la Segunda República y aún durante buena parte de la Guerra Civil, a insignificantes en los tiempos que corren. Los intereses de partido, los cargos y los escaños han tomado descaradamente el lugar de las ideas. En cuanto a la “derecha”, no necesita ningún tipo de análisis porque se retrata sola a plena luz del día defendiendo los intereses del dinero y el paquete de “valores morales” heredados del feudalismo, el poder eclesiástico y la burguesía conservadora.

         Con todos los defectos y carencias que se le puedan atribuir, no parece que el presidente de Venezuela, Hugo Chávez, sea sospechoso de conservador. Por ello, sorprenden sus duras críticas públicas “a algunos gobernadores y alcaldes de su propio partido que han fallado en sus compromisos con los electores”, convirtiéndose por ello en “el primer opositor”, según sus propias palabras (Ignacio Ramonet, Le Monde Diplomatique en español, agosto 2012). El tiempo dirá si son manifestaciones populistas -que lo son- o se traducirán en decisiones firmes que releguen al ostracismo a aquellos que no respetaron las promesas electorales.

Independientemente de ello, tal declaración supone una pequeña lección desde la otra orilla del Atlántico para la coalición teóricamente más progresista del abanico político andaluz, Izquierda Unida (IU), y su decisión de participar en el Gobierno autonómico, avalada por casi todos sus militantes en un referéndum de resultados más que predecibles. Desde ese momento, callaron las voces del “ala dura” del partido, y solo su cabeza visible, el diputado y alcalde de Marinaleda, Sánchez Gordillo, mantiene el espejismo mediático de una lucha social trasnochada. Trasnochada porque el siglo XXI acaba de amanecer -muy nublado, por cierto- y la noche de broncas y juergas del XX ya terminó. Hambre y miseria hay para parar once trenes. El debate en la sociedad sobre riqueza y pobreza lleva instalado en ella toda la vida, por mucho que ahora el vicepresidente de la Junta de Andalucía, Diego Valderas, quiera actualizarlo para justificar asaltos a supermercados. Ni Valderas ni Gordillo ocupan sillón por los votos de los 5.000 carnets que dijeron para que pudieran sentarse cómodamente a participar en la lapidación de la clase media que es la que mantiene, con su trabajo y sus impuestos, este cotarro.

Porque a ver de dónde sale la pasta para parados, pensiones, salud y educación para todos y todas. Hasta para sus propios sueldos. Y en vez de darles traca a los que declaran millones de renta y ganancias anuales -que seguirían viviendo como sultanes con menos de la mitad de lo que poseen- exprimen a los que tienen una nómina fácil de atracar con un simple decreto. Lo más curioso es que entre éstos -profesionales de todo tipo, muchos con trabajos de gran responsabilidad- hay votantes de IU. Han olvidado que están donde están por más de 400.000 papeletas y no solo por sus 5.000 militantes. Cómplices de la política servil de Griñán y compañía, se parapetan tras la barricada del no pasarán; pero como ya han pasado, la culpa es de todos menos de ellos. Y no sueltan la poltrona ni con agua hirviendo, en vez de decir: “la hemos cagado y nos piramos a la oposición de verdad, la que nos corresponde, que para palmeros ya hay muchos”. No. Ahí siguen, tragando carretas y carretones, con una jeta de cemento armado, contribuyendo con su ciega cobardía política -y sus intereses- al derrumbe del entramado social que tanta tinta, talento y sangre han costado para poder medio ensamblarlo. Prefieren ser abejorros zumbones que moscas cojoneras. Prefieren hacer la vista gorda ante la red clientelar que tiene montada la Junta (mientras entonan la Internacional con el puño en alto -da igual que sea el diestro o el siniestro-) y conseguir una buena foto, que protestar ante los puestos a dedo en la administración y el imperio del mérito político frente al del trabajo y el estudio. Prefieren, en definitiva, robar comida que atracar librerías, porque tampoco tienen gran interés en que el pueblo esté bien formado e informado. Se les cae el chiringuito, como ya se les ha caído varias veces.

No es de extrañar, por tanto, que todo aquél que discrepe de la gestión política de la “izquierda” sea tachado de facha impresentable. Pues miren ustedes, griñanes, valderas y gordillos: el peor mentiroso es el que miente a los que no tienen otra opción que creerlos. El peor lobo es el que se disfraza con un vestido rojo. Y mire usted señora: su hijo es un delincuente feísimo, su equipo es malo a reventar, su ciudad apesta y su barrio es un auténtico estercolero.

Usted no tiene la culpa: la tienen los demás.

martes, 21 de agosto de 2012

Diez clichés para una felonía

Diez clichés para una felonía

Héctor Muñoz. Málaga

Una jugada perfecta. Una cortina echada que oculta una ventana tapiada: al descorrerla solo deja ver los ladrillos desnudos, pero no lo que hay detrás de ellos.

A fuerza de ver, oír y leer todo lo relacionado con la situación política y económica que padecen en estos momentos millones de personas que hasta ahora creían gozar de cierta seguridad y estabilidad dentro de sus diferentes niveles adquisitivos, se tiende a dar por bueno todo un discurso, preñado de tópicos, que intenta explicar las causas y las soluciones. Falaz, malintencionado y armado con un arsenal de argumentos vacíos de contenido, trata de convencer a los ciudadanos -y muchas veces lo consigue-, no solo de lo inevitable de los acontecimientos, sino de la cuota de responsabilidad que aquéllos tienen sobre éstos.

Se abre el telón. El “Estado de bienestar” como el gran logro de las democracias liberales surgidas en la segunda mitad del siglo XIX al amparo del capitalismo emergente. Una ilusión vendida como cualquier otro producto del mercado, un amargo caramelo con sugerente envoltorio: un pisito acogedor, un buen coche, el plan de pensiones o un viaje a las islas más exóticas del Pacífico.
Todo ello, claro está, a cambio del trabajo diario de toda una vida para poder pagar las deudas y sus intereses. Felicidad al alcance del bolsillo, espejismo para las clases medias y utopía para los expoliados del Sur: el bienestar duradero solo ha sido, y es, una realidad tangible para los poderosos y su tupida telaraña de empoderados.

La “crisis financiera de la deuda”. ¿La deuda de quién? ¿Dónde están los acreedores, cómo se llaman? Pareciera que una crisis económica es como un maremoto, un huracán o un meteorito destructor; como si estuviera determinada por la naturaleza o el cosmos, sobrevenida del azar o de leyes imponderables.
Ha habido muchas crisis, como la del 29. Después de haber destrozado la vida de cientos de miles de personas confiadas y estafadas, los arruinados magnates volaban sobre el vacío de Wall Street antes de reventarse contra el duro asfalto neoyorquino. Éstos, al menos, tuvieron las agallas de desafiar al vértigo.
Sus herederos aprendieron bien la lección y han abandonado esa desagradable práctica: se asignan sueldos y pensiones vitalicias de millones de euros que premian su meritorio esfuerzo. Que lo de inmolarse ha pasado de moda y se manchan los trajes. Después, los buitres planearán ostentosos sobre la carroña que ellos mismos han dejado.

Las tres siguientes escenas arrancan con máscaras y son protagonizadas por aquellos 'elegidos libremente por el pueblo' para representarlo en el aparato institucional. La gran coartada. Los que gobiernan ahora piden sacrificios a los ciudadanos para salvarlos de la crisis. Sin esperar respuesta, decretan una serie de agresiones sociales de curso legal llamadas 'ajustes' o 'recortes'. Se muestran convencidos de la comprensión y de la generosidad de los ciudadanos. Y les piden sus votos.
Los de la oposición —que ya hicieron y dijeron lo mismo cuando les tocó gobernar— brotan con rabia ante tamaño atropello. El nudo de la trama se va apretando con advertencias apocalípticas que encogen el corazón de los espectadores. Y les piden sus votos.
Llega el momento de los actores secundarios: aquellos a los que se les atribuyó el histórico papel de adalides y garantes sin par de los inalienables derechos de los trabajadores, pobres y excluidos; es la parte cómica de la obra: aferrados al sillón que la voluntad popular les ha prestado, despotrican del resto, y solo se levantan para hacer payasadas simbólicas. Y les piden sus votos.
Todos ellos, y con un guión muy bien ensamblado, maman de las mismas tetas, la derecha y la izquierda. Y porque solo hay dos. El público asistente ríe a carcajadas con estos malos actores, aunque expertos mamones, y ríe por no llorar. Tras este jocoso impasse, un creciente rumor se va adueñando de la acústica de la sala: los asistentes empiezan a no saber de qué parte inclinarse. Dudan, confundidos.

Se acerca el desenlace. Pero antes queda tiempo para lamentar “el estallido de la burbuja inmobiliaria”, como otro fenómeno natural ajeno a la codicia y a la maldad. Tratan de convencer de que éstas son cosas del destino y que nada tienen que ver con la premeditada usura de prestar plata envenenada a sabiendas de que no podrá ser devuelta. Un inocente error de los banqueros, el de confiar y conformarse con dos nóminas o un aval cualquiera, para poder financiar la felicidad de sus clientes y contribuir a un mundo perfecto. Un mundo encerrado en una esfera de cristal, llena de casitas y nieve, que se agita cuando un niño la sacude.

Como padres admonitores sentencian: “habéis vivido por encima de vuestras posibilidades”. Malos, que sois unos nenes muy malos. Malos, malos, malos. Unos azotes en el culete y pelillos a la mar, que aquí no ha pasado nada. Los papis y las mamis, rara vez dan malos consejos: “Hay que recuperar la confianza de los mercados”. Los “mercados” son caprichosos y volubles; hay días que se despiertan torcidos, bajan la bolsa y suben la prima de riesgo. Son así de sensibles. Si no hay castigo se enfadan, y si alguien patalea se mosquean mucho más. No hay de qué preocuparse, porque “vamos a estimular el crecimiento”.

Último acto. La víctima, descamisada, y el verdugo, de etiqueta, frente a frente. Al fondo, una misteriosa cortina. “Son medidas dolorosas pero no hay otra opción”. El rumor ya es clamor: el público se levanta de los asientos y sube en tropel al escenario.
Paralizado, al tramoyista ni se le ocurre bajar el telón. Por la cuenta que le trae. Los primeros en pisar las tablas se aplican en dar lo suyo al del frac y la chistera, a base de bien y sin intereses. Otros se emplean sin contemplaciones con cada felón que les sale al paso. Al fin, descorren la cortina dejando desnuda una falsa ventana sellada con ladrillos que caen como fichas de dominó en cuatro patadas.
Asomados a ella contemplan un gran jardín luminoso con enormes árboles bajo cuya sombra retozan gozosos los mercados y los mamones, entre música de cámara, buenos caldos y las mejores viandas de importación.

Se miran unos a otros. “A por ellos, que son pocos y cobardes”.
Ahora sí se cierra el telón.

miércoles, 15 de agosto de 2012

Una de huevos




De huevos rellenos y blancos errados

Héctor Muñoz. Málaga

La impotencia de muchas personas que padecen la crisis las lleva a buscar un cabeza de turco en cualquier lugar. Ante la imposibilidad de desahogarse con los responsables del malestar que invade la sociedad de hoy, arremeten contra el primero que les contraría. Los trabajadores del sector “servicios” son un blanco fácil.


Traspasar la puerta que separa los 42 grados de temperatura callejera del oasis con aire acondicionado que ofrece fría cerveza y tapitas recién hechas, es un trance psicodélico, lo más parecido a un orgasmo y casi siempre mucho más barato. En esas se encuentra el hombre que acaba de entrar al bar con la única preocupación de elegir su deseado tentempié: “Buenas tardes, ¿me pone una caña grande de cerveza y una tapita de huevos rellenos?”. Con una mirada que pretende ser cómplice y solidaria, el camarero suplica paciencia al recién llegado porque está atendiendo la reclamación verbal de una indignada señora que, a voces y con una clara intención de dar el cante para ser oída, es decir, de provocar un espectáculo, solicita nombre y apellidos del chico contratado que un día antes la había invitado a cambiarse de mesa: “porque a mi no me humilla nadie”.
         El meollo del tema era, según pudo saberse, que la ciudadana -más cerca de los 70 que de la juventud, muy pintada y arreglada-, habíase sentado en una mesa para seis, y el camarero, ante la demanda de una familia que quería comer, la puso en otra para dos. Tal afrenta merecía una respuesta al día siguiente.
Y allí se encuentra la descendiente de fenicios, romanos, moros y cristianos, hecha una quilla rompedora, pidiendo nombre y apellidos del osado empleado mientras sorbe un refresco de limón; no solo ha conseguido la atención del público presente: acaba de ganarse su antipatía. Por maleducada y corralonera.
Al otro se le están atragantando los huevos. Rellenos. A un metro escaso de distancia, la pesada erre que erre. Como si se tratara de un acuerdo tácito, el resto de clientes simulan no oír nada mirando al limbo. La otra, consciente del poco tirón de su discurso, decide la carga definitiva con toda su artillería: “porque si no fuera porque mi marío está ingresado en el hospital…”. Ni por esas. Silencio, se rueda. El encargado, condescendiente, le desea una pronta recuperación. Al pobre marido.
Un hombre ya mayor, cliente habitual de éstos que ya tienen puesta la copita de rioja antes de sentarse, susurra por lo bajini: “qué pesada, por Dios. Yo soy el enfermo, y no me voy del hospital si no me saca una grúa”. El de los huevos, rellenos, lo mira de soslayo queriéndole decir: “como te oiga, el que va a salir de aquí, pero con los pies por delante, vas a ser tú”. Oído, cocina.
            

Crónica de un éxodo

Médicos sin techo

lunes, 13 de agosto de 2012

Una de ratas




Réquiem por un inocente


Héctor Muñoz. Málaga


Una sombra menuda, casi inadvertida a ras del suelo y pegada al tabique que separa los retretes de la entrada a la cafetería, se desliza rápida y silenciosamente hasta el rincón que forma el quicio de la salida, en el que se parapeta sin atreverse a ir más allá. El diminuto roedor de fina y larga cola, tan gris como su pelaje, mira al gigante de verde que lo acaba de descubrir, intentando adivinar sus intenciones al tiempo que su instinto procesa matemáticamente las posibles vías de escape; se siente acorralado en un ángulo de noventa grados sin posibilidad de retorno a la madriguera que nunca debió abandonar un lunes a las ocho de la mañana en un hospital que comienza a poblarse de seres humanos, sus peores enemigos.
         El ratón o rata pequeña -que no es lo mismo pero se parecen mucho- observa aterrado a esa mole de poco más de metro y medio de altura con pijama de trabajo y zuecos de plástico, que se acerca para poder verlo mejor. Con una mirada enternecedora, el múrido, paralizado de terror y negros presagios, suplica clemencia y un juicio justo: él solo intenta sobrevivir picoteando lo que puede en la despensa del restaurante, royendo la mercancía que después sirven a sus clientes, jugándose la vida a la que barrunta horas contadas. Sus dilatadas pupilas alegan en desesperada defensa que las verdaderas ratas -las de dos piernas- habitan impunemente instaladas en cómodos despachos con aire acondicionado, que la Medicina es lo que es gracias a sus primos de color blanco, torturados en siniestros laboratorios y sacrificados en aras de la Ciencia. Y que no le vengan con la alarma social que un ratoncillo -o ratilla bebé- puede provocar en un servicio sanitario público, como coartada para aplastarlo inmisericordemente. Que para alarmarnos ya tenemos a políticos y a sus cadenas de mandos designados digitalmente, auténticos parásitos depredadores, sectarios y corruptos por naturaleza. Sin abogado defensor, termina su silencioso discurso recordando la felicidad que un tatarabuelo suyo llamado Mickey llevó, y aún lleva, a millones de niños en todo el mundo.
Pero ni por esas: “no debiste cruzar el Mississippi, forastero”. El chivato de verde vuelve sobre sus pasos y advierte al camarero en voz baja -para evitar escándalos- de la presencia del pequeño intruso: “niño, en la puerta hay un ratón (o una rata pequeña)”. Lejos de sorprenderse, al camareta se le ilumina el careto: “¿Sigue por ahí? Ayer se nos coló debajo del mostrador y no pudimos matarlo. ¿Dónde está?” Con desmesurado interés, abandona la plancha con los bollos tostándose y sale para comprobarlo. “Míralo, el hío puta, Pacoooooo -volviéndose a su compañero- ¡ya lo tenemos!”.
         Convencido del inminente final, el delator abandona apresurado la escena de un crimen que está a punto de perpetrarse. Ya es tarde para arrepentirse. Van a darle matarile al bicho para que deje de mordisquear la lechuga del menú, cagarse en el arroz tres delicias u orinarse agustito entre la verdura congelada. Poco orgulloso de su conducta rastrera, el puto Judas, el miserable, se consuela con la idea de que el ratón (o la ratita) haya podido escapar a la escoba asesina.
         En el subsuelo, otras camadas se preparan para emerger y perpetuar su ciclo vital. Varios niveles más arriba, 200 o 300 metros al noroeste, las grandes ratas, oscuras, gordas y repugnantes, campan a sus anchas. Y a éstas ¿quién las mata?

miércoles, 8 de agosto de 2012

Una de bandoleros





Bandoleros, petardos y comediantes

Héctor Muñoz. Málaga

Agosto de 1983. Fiestas patronales del malagueño y serrano pueblo de El Burgo, en honor a San Agustín. Ríanse de las mascletadas levantinas: petardos y cohetes estallan estruendosamente con los primeros rayitos de sol. El joven médico, sustituto por una quincena y avisado de la que se avecina, brinca de la cama -ya sudoroso- sin necesidad de despertador, que para eso están los madrugadores mozos con sus ruidosos fuegos de artificio.
Hecho un pincel, limpio y peinado, ese inexperto heredero de Hipócrates espera la llegada de la procesión, con su regimiento de artificieros, en la plaza de arriba. Con un vetusto maletín de cuatro aspirinas y alguna fruslería más, el galeno cruza de lado a lado para atender a los heridos de la pirotecnia. Resulta que tradicionalmente hay dos grupos de, digamos, “cofrades”. Durante todo el año viven en sana armonía y son coleguitas. Pero en el día de San Agustín no hay amistades que valgan: cambian el lógico despegue vertical de los cohetazos que se buscan, por la línea horizontal, más directa al enemigo. Los zumbidos -fiussssssssss- y las estelas de humo que dejan esas armas letales pasan a escasos diez centímetros del cogote agachado del médico del pueblo, que para más inri tiene que oír comentarios como “¡uy, por poco no lo ha pillao!”, o “¿recuerdas el año que un petardo le dio a Don José?”. ¡Qué fácil es ver los toros desde el tendido, mamones! Sarajevo en plena Andalucía, pero de buen rollito.
El Burgo es un maravilloso pueblo de la Serranía de Ronda, de gente buena, acogedora y orgullosa de ser la cuna de Pasos Largos, aquel prófugo convertido en bandolero legendario. Burgueño nacido con la regencia de María Cristina de Habsburgo-Lorena, “el último bandolero” murió asesinado durante la segunda república cerca de donde nació: en la Sierra de Las Nieves. Igual fue también el último romántico incondicional de los códigos de honor y de la justicia social.


Esa idea, la del fuera de la ley que roba a los ricos para darle a los pobres ha sido manidamente utilizada en el cine, la literatura y la política. Pero Don Juan Mingolla Gallardo, “Pasos Largos”, fue ajeno a estas banalidades porque lo suyo era sobrevivir.
La penúltima representación apócrifa de este drama histórico la ha escenificado el mediático dirigente comunista Juan Manuel Sánchez Gordillo, parlamentario por IU, alcalde y líder sindical. Con un puñado de adeptos y un arrojo insospechado, ha violentado a las cajeras de un hipermercado para mangar por la cara una calculada cantidad de género destinada a familias en crisis. Bufandita palestina y megáfono en mano, el astuto líder se ha ocupado de despistar a los policías en una estratégica maniobra de distracción. El vicepresidente de la Junta de Andalucía, el docto Valderas, ha remarcado el “carácter simbólico” de la acción, que “abrirá un debate necesario en la sociedad sobre la riqueza y la pobreza”, como si esto fuera una novedad para la Humanidad. Lo que tienen que hacer, Gordillo, Valderas, Griñán, Arenas y todos sus mandos, es dar gracias a la Historia, que se llevó a Pasos Largos; porque de lo contrario ya estarían criando malvas con otros muchos que bienviven de la política a costa del personal. Que no tienten a la suerte porque mañana le puede tocar a Ferraz, Génova, Moncloa u Olimpo. Que en esta España nuestra, cuando se rompe la baraja cae hasta el más pintado. De frente o por la espalda, pero cae, vive Dios.
Ajeno al futuro, el bisoño licenciado en Medicina y Cirugía, feliz superviviente de la orgía de pólvora, degusta al atardecer una buena cerveza con unas aceitunas partidas en “El Chozo”, el bareto más retirado del centro del pueblo. No sospecha que volverá algún día, invitado por sus amigos burgueños a comer un buen arroz con conejo bajo el frescor de La Fuensanta. Entre su cansancio y el alcohol una furtiva sombra alargada se desliza sin darle tiempo a seguirla. Pasos Largos anda por allí en su ronda vespertina.

domingo, 5 de agosto de 2012

Una Junta muy golfista (carta publicada en el diario Sur)

Una Junta muy golfista

La noticia aparecida en el diario El País sobre la petición del consejero andaluz Rafael Rodríguez (IU) al Gobierno central para que no aplique la subida del IVA en los campos de golf causa, cuando menos, sorpresa a cualquier ciudadano medio con otras aficiones

Héctor Muñoz. Málaga

La Junta de Andalucía considera “catastróficas” las consecuencias de la subida del IVA para el sector del golf. Su consejero de Turismo y Comercio, de IU y exsecretario provincial del Partido Comunista de España en Málaga, Rafael Rodríguez, ha pedido por carta al Gobierno de Rajoy que se exima a los campos de golf de aplicar esa norma.
         La crisis tiene también estas cosas: no cesa de proporcionarnos motivos para el estupor o la hilaridad. Muchas cartas va a tener que escribir Rodríguez para defender, por ejemplo, también a los consumidores de espectáculos culturales y a los trabajadores de esos sectores, que por otro lado son muchos más. A no ser que eso no lo considere catastrófico.
         El golf está de moda. La memoria colectiva siempre ha asociado este deporte a la burguesía y a las clases altas; aunque esta relación va diluyéndose con los años y su mayor popularización, en los barrios obreros aún se juega bastante más al fútbol, y con suerte salen de ellos más caddies que golfistas.
La sorpresa puede convertirse en carcajada al leer la preocupación de la Mesa de Turismo por este problema: sus componentes (CC OO, UGT y la Confederación de Empresarios de Andalucía), según el consejero, apoyan la petición oficial; patrones y sindicatos en un frente común para salvar el green, el par, el putter o el swing, oye.
Si a Marx, Iglesias o Camacho le hubieran contado que en el futuro sus herederos ideológicos vestirían pantalones de cuadros para intentar un birdie también habrían sonreído. Afortunadamente para ellos, duermen ignorando la verdadera catástrofe: la de tener unos políticos que solo saben dar palos de ciego a merced de las mareas.

sábado, 4 de agosto de 2012

Crónica desde el Infierno

Una flor en el aire

La condición humana no tiene límites, ni para lo bueno ni para lo malo. La esclavitud tiene muchas caras y muchos dueños, pero no deja de ser una red por la que siempre asoma la libertad

Héctor Muñoz. Málaga


“Nos conocimos en el Proyecto Hombre. Aunque usted la vea ahora así, Rosa vale mucho, es una mujer muy inteligente”. De esta forma describe Raúl a su pareja, con la que comparte vida, casa e hija. Tras sus gafas de pasta negra, tan negra como su ánimo, unos ojos cansados y curados de espanto dibujan toda una vida plagada de obstáculos. Resignado y preparado para cualquier mala noticia este gladiador superviviente describe el tremendo estruendo producido por el impacto del cuerpo de Rosa, en caída libre desde la altura de tres pisos. “Esa es mamá”, le dijo su hija de trece años al oír el golpe. Sin terminar de creerlo, las zapatillas, perfectamente abandonadas al borde del pretil de la terraza, anuncian lo peor; su mujer yace descoyuntada en el piso del patio interior de la vivienda. Sin tiempo a recuperarse de la escena, aún tiene reflejos para evitar que la chiquilla se asome y vea a su desesperada madre debatiéndose entre el dolor y la culpa.
         “Hace unas semanas salió del Centro Provincial de Drogodependencias (CPD) y estaba muy bien, pero ayer la noté extraña y, rebuscando, encontré dos botellitas vacías de alcohol de 96º. Me dijo que la bebida puede con ella, pero yo le respondí que nada vence nuestra mente si realmente nos lo proponemos. No me ha extrañado que haya intentado quitarse la vida, ni me siento culpable por haber discutido con ella antes de lo que ha pasado. Pensaba que estaba curada tras 15 días de desintoxicación después de estar 5 meses en lista de espera. Yo sé por experiencia lo que es una adicción pero también sé que te puedes liberar; yo estoy ‘limpio’ a base de esfuerzo”.
         Con su columna vertebral rota como si fuera un macabro puzle de fragmentos sueltos por el azar de la gravedad, Rosa solo lamenta la mala suerte de no haber caído de cabeza. “Estoy hasta el coño de esta puta vida”, repite sin descanso. A sus 40 años, que parecen 60, ha decidido rendirse y sacar la bandera blanca. Ni siquiera pregunta a los médicos sobre sus lesiones; le sobra, a su pesar, con saber que vivirá. Ni la desolación, ni la niña de sus ojos que ya está en casa de sus abuelos, ni la Guardia Civil que lo apremia para hacer el atestado, distraen a Raúl de la idea y de la esperanza de que todo esto va a servir para que su mujer se vea libre de la esclavitud que padece desde tanto tiempo atrás. “Mire, doctor: si sale de ésta en carrito de ruedas y no bebe más, yo seré el hombre más feliz del mundo, pero si no sale será porque por una vez en su vida tomó una decisión firme; no hay mal que por bien no venga. Estoy preparado para todo”.
A las ocho de la mañana un zombi sonado deambula por los alrededores del hospital; el sol de verano asoma para Raúl después de un nefasto día y una mala noche sufriendo los gritos de su compañera. “Todos los días amanece, doctor, todos los días”. Con sus brazos caídos y su marcha vacilante se aleja sin rumbo fijo. Acaba de comenzar una nueva carrera de obstáculos, y él lo sabe.

miércoles, 11 de julio de 2012

Artículo publicado en la Revista Española de Comunicación en Salud


Perspectivas

Sensacionalismo en la información periodística sobre el hospital Carlos Haya de Málaga: un riesgo evitable

Sensationalism in reporting on the hospital Carlos Haya in Málaga: an avoidable risk

Héctor Muñoz-Maldonado*1
1 Unidad de Gestión Clínica de Cuidados Críticos y Urgencias. Hospital Regional Universitario Carlos Haya. Málaga.

Fecha de recepción: 21/03/2012 – Fecha de aceptación: 03/06/2012


Resumen

Se realiza el análisis periodístico de tres noticias aparecidas en el diario La Opinión de Málaga entre los días 18 y 30 de enero de 2012, sobre supuestas deficiencias graves en la atención de los pacientes que acuden al servicio de urgencias del hospital Carlos Haya de Málaga. Tras analizar las fuentes, factores de noticiabilidad, agenda informativa, titulares, subtítulos y textos (incluyendo la entrevista a un alto cargo), se concluye que el medio citado ha dado un tratamiento informativo poco riguroso, sesgado, sensacionalista e incompleto. La alta carga emocional y la tensión, propias de cualquier servicio de urgencias, pueden convertirse en un terreno abonado en el que broten situaciones muy perjudiciales (para usuarios y profesionales) por informaciones de este tipo, contrarias a la responsabilidad social del Periodismo y a su papel crítico ante las instancias de poder, en este caso responsables de la gestión sanitaria.
Palabras clave: Sensacionalismo; Análisis periodístico; Fuentes informativas; Hospital Carlos Haya;  Cuidados Críticos; Urgencias; Defensor del Paciente.


Abstract

Analysis the journalistic of three reports in the newspaper La opinion de Málaga between 18 and 30 January 2012, on alleged serious shortcomings in the care of patients who come to the emergency room of the hospital Carlos Haya in Málaga. After analyzing the sources, factors of newsworthiness, news agenda, headlines, subtitles and texts (including the interview with a senior), concludes that the above-mentioned medium has given little rigorous information treatment, skewed, sensationalist and incomplete. The emotionally charged and the tension of any emergency service, can become a fertile field in which fresh very harmful situations (for users and professionals) by information of this kind, contrary to the social responsibility of journalism and its critical role before the bodies of power, in this case responsible for health management.
Key words: Sensationalism; Journalistic analysis; Information sources; Carlos Haya Hospital; Critical Care; Emergency; Patient’s Ombudsman.


Desglosar todos los niveles de estos procesos comunicativos llevaría tanto tiempo, espacio y conocimiento, que resultaría imposible abarcarlos en el presente artículo. Se pretende analizar un aspecto concreto de ese cotidiano flujo de información, capaz de alterar, influir y modificar -incluso radicalmente- el curso de muchas vidas. Los expertos, investigadores y estudiosos de la Comunicación en Salud pueden tener respuestas a objeciones o críticas que se realicen sobre ciertos cánones comunicativos estereotipados que frecuentemente tratan de enmarcar o encuadrar a través de un periódico ese mundo de sensaciones disonantes, incluso aunque muchos de ellos no conozcan, de cerca, ese inconfundible olor a pena, asfalto, sangre, sudores y adrenalina, que destilan esos momentos, únicos, en los que hay una verdad: la del ser humano enfermo, despojado de su libertad, alejado de su rutina, humillado, minimizado y sometido por el dolor, la asfixia, el miedo o la locura. En nombre de ese ser que padece -y de sus seres queridos- hablan los profesionales, los gestores sanitarios, los políticos y la sociedad que, como opinión pública, lo hace a través de “sus” medios de comunicación.

En el presente artículo, y desde una doble óptica médica y periodística, se analizan una serie de noticias publicadas de forma encadenada durante el mes de  enero de 2012 en el diario La Opinión de Málaga, todas ellas relacionadas con la salud y con el sistema sanitario público.

El día 12 de dicho mes se hace eco de la memoria 2011 de la Asociación “El Defensor del Paciente”, en una noticia no firmada que titula: “Las urgencias del Carlos Haya, entre las cinco peores”. Subtítulo: “El Defensor del Paciente lo sitúa entre los centros con peor respuesta ante las urgencias del país”. 

Lógicamente, hay que acudir a la fuente para comprobar su identidad, la fiabilidad y, por tanto, la veracidad de la noticia:

Somos una asociación en defensa del paciente, nombre creado en honor  a los   afectados por negligencias médico-sanitarias  que somos quienes  componemos esta asociación”. “En total hemos recibido 13.010 casos (un aumento de 848 casos más que en 2010), de los cuales, 603 han sido con resultado de muerte (49 casos más que en el año pasado). De momento, estos casos hay que considerarlos como presuntos hasta que los Tribunales se pronuncien”.Los criterios en los que nos basamos para realizar el cómputo son las vías que utiliza el paciente para exponernos su caso: vía e-mail a través de nuestra web  www.negligenciasmedicas.com (con más de 85.000 visitas en 2011), vía telefónica y vía correo ordinario.”

Como se puede comprobar, la propia fuente se autodenomina “asociación”; no existe la figura del “Defensor del Paciente” como induce a creer el subtítulo.

Tras diversos análisis y opiniones sobre el sistema sanitario, recortes y copago, dicha memoria expone tablas estadísticas sobre las listas de espera quirúrgica, situando a Andalucía, concretamente, la 1ª en número de pacientes y la 7ª en días de espera. Curiosamente, esta comunidad no se ve reflejada en el gráfico resultante, en ninguno de los dos casos, de tal forma que de las 17 comunidades autónomas tabuladas, sólo 16 figuran en la “tarta” y en su leyenda correspondiente. La que falta es, justamente, Andalucía (páginas 12 y 13 del documento).

A continuación, la fuente empleada por el medio, en su memoria, aborda el tema de la asistencia urgente, situando el Servicio de Urgencias (entidad inexistente organizativamente, puesto que es parte de la Unidad de Gestión Clínica de Cuidados Críticos y Urgencias) del Hospital Regional Universitario (no “complejo sanitario” como figura en la noticia publicada) Carlos Haya de Málaga (HRUCH), como el 2º de una lista de “hospitales que cuentan con el indecoroso honor de ser los peores en cuanto a sus Servicios de Urgencias”.

No constan los criterios que perfilan la calidad asistencial, ni la metodología empleada para poder elaborar dicho ranking a nivel nacional, ni un mínimo análisis estadístico de los datos que han recabado.

De todo lo anterior, e independientemente de que muchos de los juicios negativos vertidos -principalmente lo son sobre el sistema- tengan mayor o menor grado de coincidencia con la realidad cotidiana, se extraen varias conclusiones que parecen objetivas, a la luz de los datos:
  • La fuente seleccionada es parcial y poco rigurosa, tal y como se ha argumentado  anteriormente.
  • Los profesionales de la Comunicación que han trabajado en la selección, elaboración y producción de la noticia, no han contrastado otras fuentes, y si lo han hecho no han sido reflejadas.
  • Existen errores de bulto que dan impresión de mínima elaboración y ninguna supervisión: el hospital Carlos Haya no es un complejo sanitario (se llamó hace tiempo Complejo Hospitalario, en cualquier caso). El “Defensor del Paciente” es el nombre de una asociación ciudadana, no una figura jurídica como lo es la del Defensor del Pueblo.
  • La expresividad del titular, su contundencia (entendida ésta como la rotunda afirmación de un hecho no demostrado) y el riesgo de alarma social que supone, conforman una noticia claramente sensacionalista, y como tal irresponsable al tratar temas de elevada emotividad sin el necesario rigor informativo.
El día 30 del mismo mes, firmados ambos por Lucas Martín, aparecen simultáneamente una noticia y una entrevista, ambas relacionadas con el mismo asunto que nos ocupa. La noticia titula “El macrohospital frena la ampliación del Carlos Haya”, y subtitula: “Los sindicatos aseguran que urgencias se ha quedado pequeño y relacionan la falta de reformas con la espera del nuevo centro”.
Una buena construcción titular, que capta la esencia del contenido,  consistente en opiniones vertidas por representantes sindicales y políticos de diferentes afiliaciones como fuentes informativas, y un subtítulo más afortunado desde el punto de vista periodístico que desde el gramatical.
Se enfatiza en la inadecuación arquitectónica del área de urgencias del HRUCH de Málaga (concretamente de la zona de policlínica, aunque no se especifique) y en la supuesta relación que esta disfunción -conocida desde hace más de una década por todos los actores implicados (usuarios, personal, sindicatos, políticos y periodistas)- pueda tener con el proyecto de macrohospital, un asunto rescatado de la agenda informativa en un momento en el que incluso el sentido común popular asume que no va a ser una solución a corto plazo. En este aspecto, la noticiabilidad es pobre o rebuscada. Hubiera sido interesante complementar el trabajo periodístico con un breve repaso histórico sobre el proyecto de remodelación planificado, que ya se comenzó hace años con la construcción de una moderna zona de servicios  de restauración, gestionada por una empresa privada y fácilmente identificable por su panel exterior de cristales verdes, poco acorde estéticamente, dicho sea de paso, con el edificio antiguo del hospital, que data de 1956.

La entrevista al Dr. Quesada, Jefe de la Unidad de Gestión Clínica de Cuidados Críticos y Urgencias (UGCCCU), publicada de forma simultánea en la web del citado medio, es titulada y subtitulada: “229.000 emergencias que no lo son”. Las urgencias, dirigidas por el doctor Guillermo Quesada, rebajan el número de quejas presentadas por los pacientes en 2011”. El responsable entrevistado aporta una serie de datos estadísticos sobre la atención global en los tres puntos de asistencia urgente (pabellón general del hospital Carlos Haya, Hospital Civil y hospital Materno Infantil), en cuanto a reclamaciones, tiempos de espera-respuesta, y nivel de gravedad de los pacientes que demandan esos servicios. Es, precisamente, este último punto el que se destaca en titulares, por lo que es fácil deducir la consideración preeminente que el periodista otorga al hecho, plausible pensar que es el mensaje que la fuente interesada quiere transmitir a través de un medio de comunicación, y, consecuentemente, concluir que más de 200.000 problemas de salud atendidos como urgentes no lo fueron en realidad y podían haber sido manejados en otros niveles asistenciales.

Es una entrevista pertinente porque es muy importante que la población conozca estos datos, pero en la que el periodista que la firma pierde una magnífica ocasión de saber y dar a conocer, al contar con una fuente de primera mano, tres cuestiones básicas que parecen esfumarse entre tanta cifra:
·       ¿Usan mal los usuarios sus servicios sanitarios públicos?
·       ¿Funcionan adecuadamente otros niveles como Atención Primaria y Atención Especializada?
·       ¿Ambas?

Obsérvese que en este punto ya casi se ha perdido de vista aquel titular incendiario del 12 de enero de 2012 y del otro, 18 días después, que aludía a la acuciante necesidad de remodelar unas instalaciones sanitarias  (las del área de policlínica de urgencias del hospital Carlos Haya), insuficientes para la comodidad, intimidad y dignidad de los usuarios. Es entonces cuando el lector interesado puede echar en falta alguna pregunta incisiva sobre un problema que lleva coleando 12 años   (durante las 24 horas diarias de los mismos, sin interrupción), y cuya solución ha sido aplazada y postergada por los diferentes equipos directivos, de todos los niveles del organigrama jerárquico, desde Málaga hasta Sevilla. Responsables en cada momento, unos marcharon y otros llegaron. Éstos se irán y nuevos vendrán. Y de los que están, el máximo responsable de un servicio sanitario tan importante como el de Cuidados Críticos y Urgencias, el Dr. Quesada, generoso en la aportación de números, también podría haber suministrado una valiosa información sobre las razones por las que siguen apilándose -valga la expresión- los pacientes en dicho servicio sanitario.

Para finalizar, y como conclusión global, un asunto de suma importancia  e interés social, sobre todo en Málaga (aunque extrapolable a cualquier otra ciudad o comunidad), ha sido tratado informativamente por La Opinión de Málaga de una forma popular, sensacionalista, poco rigurosa en la nomenclatura, atendiendo a alguna fuente de cuestionable neutralidad, dispersa y, sobre todo, incompleta. Y ya lo dice la máxima periodística: “lo que no se cuenta, no existe”.

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